La periquita


Amis 8 años, una vecina de mi abuela tenía una periquita que me gustaba ir a visitar. No me entusiasmaba que estuviera enjaulada, pero me agradaba su canto y me pasaba muchas tardes escuchándola. Un día, la vecina decidió traerle un novio a la pajarita y yo me alegré por ella. ¡Cómo iba a cantar ahora que se iba a enamorar!

Pero el periquito macho impuso una dictadura. Se abalanzaba sobre la comida, sobre el agua y ella no podía comer ni beber hasta que él acabara. Era agresivo, malhumorado y ruin, la periquita quedó relegada a un rincón, cabizbaja y silenciosa ahogó su canto en la jaula de su jaula.

Pasaron los meses y seguía sin cantar. La vecina me llamó un día del mes de agosto y me enseñó un bulto en la cabeza del periquito, recuerdo que fue la primera vez que escuché la palabra tumor. «Vai morrer», dijo. Y murió. Me alegré veladamente, ella volvería a cantar,  a disfrutar del espacio usurpado y de justos turnos de comida. Pero no, permaneció silenciosa en aquel recoveco. Se arrancó las plumas en alopécico éxtasis, se volvió un trozo de carne sufriente de treinta gramos que hiperventilaba sin hacer ruido hasta que, semana y media más tarde, murió de tan honda pena.

Y, de niño, pensé «¡qué tonta fue la pajarita! No sabe que mejor sola que mal acompañada. Menos mal que las personas no somos así». No me acordé de la periquita hasta este pasado fin de semana, cuando caminando por el parque García Bayón escuché a una señora en una terraza decir a voz en grito: «Se eu saio así da casa meu home dáme unha hostia que me rompe o cranio, ¡e con razón!».

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