Mercedes


Siempre había pensado que la única mujer que me amaría eternamente sería mi madre. Sin embargo, ayer mi pareja y yo completamos otro aniversario. Cuando hace 16 años nos dimos nuestro primer beso en un banco, frente al Ventos Vellos, nunca sospechamos que el Ayuntamiento ribeirense osaría retirarlo. De acuerdo, estaba viejo y un poco podrido, pero era nuestro banco.

El sitial no sobrevivió, pero nuestra relación sí. Hemos pasado por todos los estados del alma, todas las emociones humanas han sido nuestras: amor, celos, decepción, alegría, miedo, rabia, fe, cariño. Pero el sentimiento mayoritario ha sido, sin duda, la admiración. Esa admiración es el auténtico cimiento de nuestro inexplicable magnetismo.

Cuando yo soy cerveza, ella es ibuprofeno. Si yo soy el nudista de Cambados, ella es don Ramiro Carregal. Ella, Manhattan, yo, Padín. Ella, bonita, yo, atún. Yo, Ana Peleteiro, ella María Vilas. Yo, Dorna, ella, también. Y en esa vorágine de contradicciones, similitudes y vicisitudes seguimos dejándonos llevar por el río de la vida, como dos nutrias que se dan la mano para que no las separe la corriente.

Peso el doble que ella, y su mano no tiembla al agarrarme, la corriente no puede alejarme por su fuerza, ¿cómo algo tan pequeño sostiene a algo tan grande? La semana pasada en la playa lo comprendí, mientras alzaba su mano y ensombrecía con ella nuestros ojos me dijo: «Mira qué pequeña es mi mano y puedo tapar el Sol». Esta adaptación de la teoría de la relatividad la entiendo muy bien, porque cuando ella se me pone delante del enorme mundo, yo dejo de verlo.

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