Desahogo

Maxi Olariaga LA MARAÑA

BARBANZA

En el ahogo vivimos. En la asfixia. Y esa mano de acero helado rodeando nuestro indefenso cuello. Y esa opresión que no cesa. El aire escasea y los pulmones se convierten en papel de lija. Crujen como la pasta de hojaldre a cada bocanada abatida y desalentada en el fondo de su pozo. Las convulsiones musculares se adueñan de la voluntad desarbolada por la tormenta caliente que desde el sol rueda monte abajo hasta las mismísimas puertas de nuestra razón. La congoja del alma desfallecida, busca salida a través de los ojos y sale al exterior empapada en lágrimas indeseadas pero necesarias. Afuera todo es yermo y el barbecho alfombra lo que un día fue nuestro particular jardín de las delicias. El tormento de este verano, redondo como una bola de fuego, consiste en que al ardor del aire lo anima y lo enloquece el aliento de los gerifaltes de hogaño que desde la capital del reino avivan la hoguera que sin duda, antes de que nos visite la ninfa del otoño, nos habrá convertido en cenizas.

Contaba mi abuelo un chiste que quizá nos valga para salvar ocasión tan comprometida como la que estamos viviendo. Cruzaba un hombre un puente cuando oyó una voz desesperada: ¡Socorro, me ahogo, me ahogo! El hombre del puente pudo ver al pobre desgraciado que luchaba por su vida. ¡Socorro, me ahogo! El hombre del puente le gritó: ¡Llore, hombre, llore! ¡Hágame caso, llore! ¡Socorro, me ahogo! suplicaba el desamparado, braceando en su agonía. Por eso, hágame caso. Llore, llore que así se desahoga. Y dicho esto, prosiguió su camino. Pues eso. Hagamos caso a mi abuelo. Lloremos, lloremos. Así nos desahogaremos.