El pasado 25 de Junio -jornada de reflexión- acudí a una cita con la historia en el coliseo Noela de Noia. Los sabios Pedro García Vidal y Xerardo Agrafoxo, respectivamente geógrafo e historiador, apoyándose en un magnífico trabajo del fotógrafo Suso Xogaina, impartieron una lección que poco a poco nos condujo a conocer el por qué Noia debe formar parte del Camino de Santiago. Llegué con tiempo suficiente para, acomodado en una butaca, contemplar la bóveda pintada por los hermanos Costa en la que el azul dominante parece un mar suspendido en el aire desafiando a Newton, en el que nadan las artes que las musas guardan desde hace milenios en la espuma de su corazón.
Cuando las luces del teatro atenuaron su intensidad para centrarse en la mesa de los sabios y en la pantalla donde Xogaina escribía la historia medieval del rastro de Santiago el Mayor en Noia, percibí que la audiencia era escasa. Pensé que la abstención al día siguiente, sería un derecho, pero me apenó que a aquella fuente de agua fresca hubiéramos venido tan pocos peregrinos. Al abrigo de la media luz, cada quien desde su escaño, devoró la enseñanza de aquellos maestros que desenmarañaron los siglos oscuros del Medievo. Siguiendo la ilustración de los sabios, me fue fácil abordar las naves vikingas o sajonas y remontar el Ulla hasta las torres defensivas de Catoira, o echar el ancla frente a la isla de A Creba para asaltar los asentamientos que nuestros patriarcas habían levantado en las costas que abrazan A Misela.
Me dejé llevar por el mito católico según el cual el cadáver de Santiago el Mayor, decapitado en Jerusalén, fue conducido por sus discípulos hasta las costas del Finisterrae para darle sepultura lejos de la rapiña de sus enemigos. Las fotografías, mapas y documentos que Suso Xogaina derramaba a cántaros sobre la pantalla, iluminaban las palabras, y así el saber y el conocimiento flotaban en el ambiente de penumbra penetrando por ósmosis nuestra piel renuente a admitir riegos ajenos de ciencia y cultura.
A medida que la charla avanzaba curándonos de la ignorancia y, milla a milla, nos acercábamos al deseado Portus Apostoli, entre aventura y aventura, entre amaneceres y ocasos medievales, comenzaron a llover sobre mi cabeza unos versos de Blas de Otero que nada parecían tener que ver con lo que allí se dirimía. «Si he perdido la vida, el tiempo, todo/lo que tiré, como un anillo al agua,/ si he perdido la voz en la maleza/ me queda la palabra./ Si he sufrido la sed, el hambre, todo/lo que era mío y resultó ser nada/si he segado las sombras en silencio,/ me queda la palabra./ Si abrí los labios para ver el rostro/ puro y terrible de mi patria,/ si abrí los labios hasta desgarrármelos/ me queda la palabra». Comprendí entonces todo el sentido de los versos.
La palabra, la palabra es la salvación. Es el escudo y la espada con los que defender la aridez y la vulgaridad de las tierras que hoy pisamos. Con la ayuda de los sabios, con su palabra, volverán a renacer huertos ubérrimos que abastezcan a miles de naves venidas de todas partes del mundo, buscando el Portus Apostoli en nuestra ría antes de que desaparezca en la voz histérica y helada de los que tienen que dar con su gestión cumplimiento a la palabra de los sabios.