Con las atracciones de las fiestas de Boiro ocurre como con el papel del querido Paco Martínez Soria en la película Don erre que erre. Con la diferencia de que su obstinación era en defensa de sus legítimos intereses y en el caso que nos ocupa es para molestia y alteración de los vecinos de Boiro. Innecesaria y abusiva, además. Son muchos los que manifiestan su impotencia ante el atropello que sufren cada año.
Es curioso porque a día de hoy Boiro cuenta con espacio suficiente para albergar todas las atracciones sin molestar en absoluto las dos calles más transitadas y con más negocios, la avenida de la Constitución y toda la peatonal. Se dispone de la avenida Avellaneda, su paralela y la perpendicular a ambas para resolver el problema, con mayor espacio.
Pero se opta, sin que nadie aporte argumentos, por taponar la principal arteria viaria, obstruir sus negocios y los de la peatonal -son las calles con más comercio- y alterar el tráfico de Cabo y Abanqueiro. A mayores se anulan espacios de carga y descarga, se dificulta el acceso de personas y mercancías al mercado y se somete a los que viven en la zona a los éxitos del verano durante diez días.
Todos sabemos que las fiestas provocan ciertas molestias. Pero hacer las cosas mal por tradición parece una perogrullada. Sorprende que en un municipio donde se somete a los vecinos y visitantes a un exhaustivo control policial, con un elevado número de sanciones, algunos puedan saltarse a la torera todo.
Aún así, desearles a todos los boirenses y visitantes unas fiestas llenas de alegría, con especial recuerdo para los que no están.