De pequeña odiaba a los hijos de la Gran Bretaña. Ahora solo a unos pocos, esos que cerveza en mano, cual camarones de la ría, serpentean en bañador, sandalias y calcetines por Magaluf. Los mismos que han puesto patas arriba las calles de Francia. Un odio que arrastraba de los tiempos de nuestro dictador, para el que cualquier mal tenía origen en las malditas islas.
Pero con el tiempo, con las experiencias y la perspectiva de unos cuantos años, he aprendido a valorar su orgullo de nación, la indomable perseverancia en defender su identidad y su tenacidad para seguir siendo influyentes en un mundo tan cambiante. Como grupo siempre supieron y saben a dónde van y por dónde van. Incluso se han permitido escribir la historia a su albedrío, incluida la española cuando éramos dueños del mundo.
Ahora se han plantado. Han dicho que no a la Unión Europea a pesar de disfrutar de un estatus especial, netamente favorable a ellos. Puede más su idiosincrasia que su bolsillo. La loca ensalada de bretones y sajones ya fue decisiva en el siglo XX a la hora de parar a los germanos en sus dos intentonas por dominar el Viejo Continente. Ahora, a pesar de la utilización de la muerte de una diputada, han hincado los talones y, con dos bemoles, hacen frente a la tercera; la más silenciosa pero la más peligrosa: la económica.
DQue la Unión Europea es un club de intereses y no de personas es muy evidente, ¡tantos años de reuniones, comités y comisiones para llegar a un sistema feudal! Solo falta que nuestro ministro del Interior nos descubra que los partidarios del Brexit fueron financiados por Maduro.