«La vida es bella» en Katsikas

Marta Gómez Regenjo
Marta Gómez NOIA / LA VOZ

BARBANZA

El noiés viajó al país griego con la asociación AIRE y relata su experiencia

21 jun 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

La historia que narra la oscarizada La vida es bella de Benigni puede parecer lejana, pero no lo es en absoluto. Se está viviendo hoy mismo en campos de refugiados como el de Katsikas, donde un padre pinta con dibujos infantiles la tienda de campaña en la que vive con su familia para hacer más llevadera la situación a su hijo, apenas un bebé que, como miles de niños, vive en unas condiciones inimaginables en la Europa del siglo XXI. Su historia la cuenta el noiés Ramón Vidal, recién llegado del campamento.

Cuando uno le escucha hablar de su experiencia en Katsikas no puede menos que emocionarse con el relato de alguien profundamente conmovido por lo que vio y vivió entre quienes ya no tienen nada que perder después de abandonar su, en muchos casos, acomodada vida huyendo de la guerra y que ahora se ven atrapados en campamentos. «Podríamos ser cualquiera de nosotros».

Como todos, Ramón conocía por los medios de comunicación la situación en los campos de refugiados antes de subirse, junto a David Hermida, en una vieja furgoneta donada por el Concello de A Coruña para atravesar media Europa hasta Katsikas. Una vez allí, comprobó que la realidad superaba ampliamente cuanto había visto en fotos o imágenes de televisión: «Los refugiados son personas como cualquiera de nosotros que huyen de la guerra, no somos conscientes de lo que realmente está pasando y de que se está mezclando todo».

Ramón Vidal alude así al terrorismo, para acto seguido destacar el cariño que recibió nada más poner un pie en el campamento. Cuenta que lo primero que escuchó fue «hello, my friend», o que nada más llegar un niño que iba comiendo algo le ofreció: «Que en una situación tan desgarradora como la que están viviendo te reciban así es impactante». No menos calurosa fue la despedida. Vidal y su compañero intentaron irse sin que les vieran, pero no pudieron evitarlo y una de las personas con las que convivieron en el campamento les dio un abrazo difícil de olvidar: «Fue de esos momentos que te ponen los pelos de punta».

Organización y distribución

La aventura que emprendieron Vidal y Hermida en la vieja furgoneta tenía un objetivo claro: llevar ayuda humanitaria a los centenares de personas que se ven obligadas a vivir en tiendas de campaña. Pertenecen a la Asociación Integral Rescate en Emergencias (AIRE) de los bomberos de A Coruña, una entidad que se encarga de cuestiones de organización, logística y distribución de alimentos en el campamento, tarea en la que participaron durante los días que permanecieron en Katsikas.

Cuando relata esas jornadas y las historias de las personas que viven allí, difícilmente puede evitarse un sentimiento de impotencia, pero Ramón Vidal asegura que desaparece cuando se está sobre el terreno: «Una vez que estás allí te sientes muy útil, el simple hecho de mover cosas, de repartir comida... Cualquier cosa que puede parecer insignificante allí es algo muy grande».

Y reconoce que lo más impactante de la experiencia fue ver con sus propios ojos que en los campos de refugiado hay personas «como cualquiera de nosotros, podríamos ser tú y yo». Allí había ingenieros, deportistas de alto nivel, artistas, profesores que se les daban clase de árabe y que se encargan de que los niños reciban un mínimo de escolarización... En definitiva, personas que tenían una vida más o menos cómoda: «La gente pobre muere en su país, no pueden pagar a las mafias por el viaje».

Muchos de los que llegaron a Grecia cuentan historias de naufragios, de zódiacs de once metros en las que viajaban un centenar de personas, de guerra, de miedo. Y a pesar de todo esto «los niños no dejan de ser niños, tienen una capacidad sorprendente para jugar con todo. Pero luego ves sus dibujos de corazones rotos, sangrando, y ves que la guerra está muy presente».