Un buen marrón

Javier Romero CRÓNICA

BARBANZA

A estas alturas de la película, y con el 2016 a pocos días de superar su ecuador, resulta que los responsables de la Administración gallega han decidido que lo mejor es fijar el color de las casas para evitar que la falta de gusto siga siendo, en algunas zonas, lo que más impera. La cuestión en sí no dudo que tenga buena fe, otra cosa es que llegue a tiempo. Lo lógico hubiese sido poner en marcha tal pretensión cuando la cultura del ladrillo vivía su belle époque y las constructores usaban toneladas de cemento y de pintura a su libre albedrío. Solo en la comarca tenemos perfectos ejemplos de estridencias que dañan a la vista más que los colores de algunas viviendas, que para los que no somos de aquí y cuando los vimos por primera vez, hasta nos resultaron pintorescos, pero no nocivos, como es el caso de Cabo de Cruz. Algo que me resulta curioso de este nuevo bandazo en materia de urbanismo que intentan imponer desde Santiago es que ya puestos a dirigir a la gente sobre lo que debe hacer o no con la decoración exterior de su casa, esos mismos esfuerzos podrían aprovecharse para acabar con la uralita, el material que más ha contribuido a fortalecer ese triste concepto tan nuestro que es el feísmo. Un material de obra que, mire por donde se mire, resulta antiestético y un adefesio.

Por ahora la iniciativa no deja de ser un globo sonda más de los lanzados en los últimos años desde la Xunta para ver cómo respira el pueblo, que al fin y al cabo es el que vota y, como se ponga de uñas, puede hacer que el PP se coma el turrón desde la bancada de la oposición en O Hórreo. Como digo, se trata de un globo sonda para tantear también al sector de la construcción, arquitectos incluidos, para que opinen. Y claro está, aquí cada uno apunta lo que más le conviene. El caso es que en esta semana que ya termina, y viendo las entregas informativas que se han ido sucediendo hasta hoy mismo, la última (o penúltima si se cuenta la publicada hoy en la página 10 de la sección de Galicia sobre la pintoresca y cromática casuística de Cabo) trascendió ayer y el titular resumía a la perfección la indefinición de la medida anunciada a los cuatro vientos: «La Xunta estudia delegar en los concellos la norma para fijar el color de las casas». Pues qué quieren que les diga, ya no hay bastantes problemas de urbanismo en las casas consistoriales como para que ahora tengan que fiscalizar también esta cuestión y, de paso, comerse un marrón impuesto. Otro apartado que no ha quedado definido es qué pasará con las viviendas -como las muchas que hay en esta parte del litoral gallego- que ya forman parte del paisaje aportando un colorido que es fruto de la cultura popular y, de alguna manera, un símbolo tan arraigado como puede ser la propia gamela.