La comarca de los 850 yacimientos

Solo una mínima parte de los recursos arqueológicos registrados reciben intervenciones para su puesta en valor


Por norma general, cuando se habla del patrimonio arqueológico de la comarca se citan yacimientos como los castros de Baroña o Neixón, y últimamente también el de A Cidade, o el dolmen de Axeitos. Estos son los más conocidos, por su atractivo turístico y también en buena medida porque son los pocos ejemplos que hay de recursos en los que se interviene con regularidad para su conservación y puesta en valor. Sin embargo, la riqueza arqueológica de la comarca es mucho mayor. No en vano, la Subdirección Xeral de Conservación e Restauración de Bens Culturais tiene registrados unos 850 yacimientos.

En ese listado, en el que, según matizaron desde la Administración autonómica, no figuran ni hallazgos ni referencias y topónimos de cada municipio que no están confirmados como yacimientos, incluye tanto los grandes monumentos prehistóricos, como construcciones más recientes. Hace unas semanas, el BNG de Noia presentaba una moción en la que pedía una intervención para consolidar y señalizar los escasos restos que quedan de la capilla de San Marcos, un templo completamente abandonado pese a que, como apuntaban los nacionalistas noieses, figura en un inventario de la Consellería de Cultura.

La norma

El caso de esta capilla no es una excepción, sino que es más bien la norma. De los cerca de un millar de elementos de los que tiene constancia la Xunta, solo en el caso de un puñado puede hablarse de intervenciones más o menos regulares que inciden en su puesta en valor. En este apartado se incluyen los asentamientos castrexos de Baroña, Neixón y A Cidade o la conocida como ruta das mámoas, que el Concello de Boiro se encarga de mantener en condiciones para que puedan visitarse los cerca de cuarenta túmulos de los que consta.

En otras ocasiones sí se iniciaron proyectos de recuperación que finalmente quedaron aparcados, como sucedió, por ejemplo, en el Castelo da Lúa de Rianxo, una estructura sobre la que se realizó una primera intervención pero que lleva años abandonada. Sí se han reforzado los paneles informativos sobre la historia del castillo, pero no se ha movido ni una piedra.

Cifra más amplia

Aunque se ha limpiado recientemente, durante años la maleza fue la única moradora del antiguo convento de A Miserela, en A Pobra, un monasterio franciscano fechado en el siglo XIV.

La cifra aportada por Cultura hace referencia a yacimientos arqueológicos como los citados, pero no tiene en cuenta hallazgos aislados, como pueden ser las laudas aparecidas en distintos lugares de la comarca como Porto do Son o Araño y que se encontraron fuera de contexto, ni los topónimos que aluden a la existencia de mámoas o castros ni tampoco las referencias a posibles yacimientos que se registraron en algún momento pero cuya localización se desconoce. Esto quiere decir que la riqueza patrimonial del área barbanzana va mucho más allá de esos 850 elementos referenciados.

Una capilla convertida en una cuestión de fe

Hubo un tiempo en el que el camino que unía Noia con Santiago pasaba junto a la capilla de San Marcos de Barro, templo que da nombre a una de las principales celebraciones del municipio noiés pero del que en la actualidad no queda prácticamente nada. De hecho, es más que probable que muchos vecinos de Noia no sepan cómo llegar a una capilla que ha acabado convertida en una cuestión de fe. Porque no existe ninguna señal que demuestre que los muros que se esconden bajo una montaña de vegetación en medio del monte es, efectivamente, el recinto en el que se veneraba a san Marcos.

Tampoco queda nada de aquella vía de comunicación que hasta el siglo XIX llevaba a la capital gallega, así que hay que estar bien atento para no pasarse de largo de un camino estrecho que se adivina desde la carretera y que conduce a la capilla. Tras caminar varios cientos de metros sorteando ramas caídas, zarzas y retamas, con enormes plantas de tojo que en algún momento dibujan una especie de arco bajo el que deben pasar quienes busquen lo que queda del templo, se llega a un claro en el que ?sorpresa? no hay nada más que una enorme montaña de maleza bajo la que se ocultan piedras apiladas y los maltrechos muros de lo que fue la capilla de San Marcos.

Aún es posible, no sin dificultad, adentrarse en el interior de las tres paredes a medio derruir que subsisten como buenamente pueden. Entre el vibrante verde que imprime la primavera a la vegetación, sobresalen unas flores artificiales de color morado que alguien colocó allí, no se sabe si como parte de algún extraño ritual, a modo de elemento decorativo o bien si es obra de algún devoto pidiendo la intercesión de san Marcos para librarse de la maldición del templo...

Leyenda de una maldición

La capilla quedó abandonada en el siglo XIX y al parecer hay escritos que indican que en 1880 ya estaría derruída. Parece ser que sus piedras, al menos algunas, se utilizaron para construir el muro que hay en Santa Cristina de Barro. Cuenta una leyenda popular, transmitida oralmente de generación en generación y sostenida por la memoria de los más ancianos del lugar, dado que no aparece en ningún registro, que quienes participaron en los trabajos para levantar ese muro fallecieron en extrañas circunstancias. Así que podría ser que esas flores fuesen una ofrenda para espantar los fantasmas del pasado.

Creer esta historia o no, igual que creer que allí hay un templo, es una cuestión de fe. Pero sea así o no, lo cierto es que, pese a lo apartado del paraje en el que se encuentra y a que resulta imposible llegar sin alguien que conozca el camino como guía, el templo de San Marcos no da nada de miedo. De hecho, lo único que se respira en ese apartado lugar es tranquilidad y aire fresco.

Y eso a pesar de que la mano del hombre, poco dispuesta a poner en valor ni este ni otros elementos del patrimonio arqueológico de la comarca, siempre parece preparada para hacer daño, algo de lo que dan muestra las heridas de un incendio registrado hace un par de años que todavía son perfectamente visibles o los restos de escombros que alguien depositó junto al yacimiento.

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