A la busca del tiempo perdido

Maxi Olariaga MAXIMALIA

BARBANZA

Llegaron los días temidos. Llegó el futuro. He caído en la cuenta repentinamente y he corrido a mirarme en el espejo del vestíbulo que, tal vez por la flor de penumbra que lo envuelve, considero es el que más fiel me retrata. Como deseaba engañarme a mí mismo, lo cierto es que mi imagen reflejada en su piel de cristal azogado, me satisfizo. Me encuentro, revisitado ante mi copia, bello y fuerte, incluso valiente y dispuesto a librar el diario combate por la vida. Pero, cuando doy la espalda al espejo y camino unos pasos por el despoblado oasis del pasillo, el temor, esa sensación dura y helada que solo proporciona la verdad, se instala violentamente en mi alma sin que esta oponga resistencia alguna. Comprendo de un golpe brutal que la vida ha sido un sueño, un soplo fugaz pero sostenido y terco que me ha traído hasta aquí, como decía al principio, hasta el futuro. Me pasan estas cosas, me consume esta locura absurda desde que, hace unos meses, rematé la lectura de la obra de Marcel Proust, A la busca del tiempo perdido. He invertido cuarenta años de mi vida en leerla, los mismos que demoré con El Quijote, Las mil y una noches, el Ulises y la Biblia. Y ahora que llegó el futuro y sigo buscando sin desear hallarlo el pozo donde yace mi tiempo perdido, estoy contento por haber consumado su lectura aunque, como eterno insatisfecho, me preocupa si orienté mis días conforme a todo aquello que debí haber aprendido como resultado de la lectura de textos tan sacrosantos.

Por Marcel Proust aprecié que: «el único verdadero viaje de descubrimiento consiste, no en buscar nuevos paisajes, sino en mirar con nuevos ojos». Tardé en entenderlo mientras fui joven. Aventurero, surqué los mares y perseguí tierras lejanas en las que al final solo hallaba una repetición de mis propios avatares. Enseguida identificaba a un santón hindú con el portero del bloque de pisos en el que vivía en Madrid, o al mercado callejero de cualquier zoco con la Pescadería de Noia. Ahora comprendo que buscaba nuevos paisajes con ojos viejos y así, la devastadora bruja de la historia jugaba con mi pobre persona hasta convertirla en una piltrafa. Cervantes me curó: «¡oh envidia, raíz de infinitos males y carcoma de las virtudes!».

Aborrezco la envidia porque conozco a quien ambiciona la poquedad que llega a poseer un pobre. En Las mil y una noches se dice: «¡cuántos pobres hay ricos de sonrisa y cuántos ricos pobres de alegría!». La soberbia envilece, desde la fundación del mundo hasta el día de hoy. De James Joyce, en su Ulises, anoté: «me dan miedo esas grandes palabras que nos hacen tan infelices». La primera vez que leí esta frase, sentí miedo. Hoy en día, escuchando a los mediocres presuntuosos que nos gobiernan o aspiran a hacerlo, estoy aterrorizado. De la Biblia, una vez leída por completo a lo largo de tanto tiempo, he hecho ahora libro de consulta. Dice David, el rey poeta: «aquellos que siembran con lágrimas, cosechan entre gritos de júbilo». Y en eso estoy. Aguardando el día en que el sol cojitranco de la primavera deje paso a su hijo pluscuamperfecto, parido en la dorada cuna de los trigales maduros de julio. Porque ya no deseo otra cosa sino que seguemos con alegría todo el llanto sembrado en la era. Allí late impaciente el tiempo perdido.