Me he despertado anticuado. No sé si vengo de un sueño para adentrarme en una pesadilla. Me pellizco para comprobar si, en realidad, sigo durmiendo, pero ya tengo moratones en los brazos y dolor a flor de piel. Estoy pensando en ir a un curso de reinserción, porque hoy en día ser un anticuado es como ser un leproso en la antigua Roma: corres el riesgo de acabar aislado en una cueva, como la familia de Judá Ben-Hur, en la película de William Wyler que seguro volverán a poner estos días en la tele. Me preocupa el estado en el que me encuentro, ¿cómo habré llegado a este nivel de atraso? Me he dejado llevar de tal manera que no me he dado cuenta de que la política dejó de ser hace tiempo el arte de lo posible para convertirse en la forma de hacer lo imposible para que todo cambie, aunque al final, todo siga igual, cuando no, peor. Esta ocupación ya no tiene el calificativo de «noble», ya no es un servicio al pueblo, y yo sin enterarme de que incluso ha dejado de hacer extraños compañeros de alcoba.
Me sorprendo a mí mismo cuando, en este despertar inoportuno, me doy cuenta de que el nuevo y moderno orden lo marcan unos aparatitos que llevamos en la mano y de los que no separamos la mirada ni siquiera para decir buenos días, buenas tardes o aquellos saludos que solo por el gesto de las caras sabías si eran sinceros o simplemente educación.
¡Seré antigualla! Más de treinta años trabajando en comunicación y no me he percatado de que los medios, con marca, firma y responsabilidad, son realmente irresponsables propagadores de falsedades, frente a esas redes sociales en las que operan ponderados altavoces de la verdad, escrupulosos y objetivos usuarios que informan bajo un código ético inalcanzable para los zascandiles y anticuados que aún creemos en la prensa seria. Menos mal que hay quien anuncia que esto de la comunicación cambiará cuando lleguen los modernillos y la rescaten de las manos de los manipuladores para llevarlas a la libertad salvaguardada por el Estado.
¿Pero cómo habrá sido posible este atraso mío? ¿Qué va a ser de mí si no me pongo al día? Ahora, que llega la Semana Santa, y descubro que, en realidad, es una prolongación del Carnaval, que todo aquello en lo que participaba, que me estremecía y respetaba, es hoy un desfile de disfraces como un sambódromo brasileño, pero con más tela y menos baile.
Se me cae un mito ahora que vuelvo a la realidad y veo que ya no hay militares malhumorados y amargados que daban miedo solo con dirigirse a ellos, y que responden con educación a quién los cuestiona con gesto amable.
Realmente me he quedado en el cuaternario, porque lo que hoy se lleva es el arte del birlibirloque, que es algo así como convertir en modernas las más rancias prácticas sin que te des cuenta de que te están tomando por tonto.