En una ocasión, con motivo de la presentación de un ambicioso proyecto de promoción turística a la que asistían autoridades locales y empresarios, un mandatario, llegado el tiempo de debate y de toma de decisiones definitivas para ponerla en marcha, expresó su angustia ante la posibilidad de que se produjera una avalancha de visitantes: «¿Dónde los metemos?», se preguntaba. Como una bendición fue recibida la reticencia por la mayor parte de los asistentes, con lo que la campaña se fue al garete y engulló el esfuerzo de un equipo que se había esforzado por sorprender, objetivo que había logrado, sin duda alguna. Desde entonces han pasado cerca de veinte años y este territorio que cuenta con espacios naturales costeros y de interior excepcionales, parece que sigue dándole vueltas la misma pregunta: «¿Dónde los metemos?». Y mientras permanecemos enganchados en ese bucle, presenciamos como territorios similares al nuestro, situados al norte, al sur y al este, cuentan con estrategias turísticas que funcionan; y si bien en el sur tienen donde «meter» al visitante, en el norte andan más o menos como nosotros, con la salvedad de que allí no se quedan enganchados en una duda que amenaza con convertirse en histórica, y simplemente se dedican a vender lo que son, lo que tienen. De poco vale que promocionemos nuestros encantos en grandes ferias, que inventemos un meritorio turismo alternativo o que hagamos mil y una piruetas si seguimos manteniendo el «¿dónde los metemos?» como eslogan, y menos hoy en día que las comunicaciones por carretera han mejorado, al menos, para los municipios situados en la península de Barbanza, no así para los que se encuentran de Noia hacia el norte, que, a pesar de esas malas comunicaciones, en los meses de verano se convierten en hervideros, sin que los grandes hoteles y hospedajes se dejen ver por ningún lado, lo que demuestra que la trascendental cuestión, en realidad, fue solamente una disculpa para no hacer nada, quién sabe por qué motivos. La realidad es la que es y Barbanza sigue adoleciendo de la falta de una apuesta decidida por el turismo que explote ordenadamente y con criterio sus encantos por medio de un organismo que trabaje en exclusiva todo el año proyectando todo lo bueno que surge de este territorio en cada una de las estaciones, más allá de los dos meses de verano que funcionan por inercia. Hay actualmente interesantes iniciativas privadas marítimas y terrestres, y atractivas plazas de turismo rural, pero falta algo más: falta creer que tenemos de todo y ser valientes para ofrecerlo sin complejos, aunque no tengamos «donde meterlos». Todo llegará. Lo importante es romper el bucle de la duda.