Con la boca abierta y los ojos como platos nos quedamos algunos cuando leímos en todos los periódicos la homilía de un alto cargo del clero, un arzobispo ni más ni menos, despedir el año soltando perlas como que la mayoría de las mujeres asesinadas por sus maridos o exparejas lo son porque ellos «no las aceptan» y que quizá estos «las rechazan por no aceptar sus imposiciones». Por lo visto eso es lo que pasa cuando no existe un «verdadero matrimonio» y a la amante esposa le da por no plegarse a las exigencias de su marido. ¡Faltaría más! Esto con Franco no pasaba, le faltó añadir.
Para rematar, mostraba sus dudas sobre la eficacia de las leyes contra la violencia machista porque «el ser humano es interioridad y poco se puede hacer si no se cambia por dentro». Las cifras de mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas -en todo el 2015 fueron 64 y en lo que va de año son ya 4- evidencian que, efectivamente, solo con la ley no basta para proteger a las víctimas, pero en lugar de descargar la culpa en las díscolas que se divorcian, el arzobispo igual podría dar su receta mágica contra el mal porque parece obvio que rezar tampoco basta. Y podría empezar por educar, porque sus argumentos no los expuso en una discusión entre amigos sino desde un púlpito, desde donde se supone que deben transmitirse mensajes de amor por el prójimo.
La ley no basta, es un complemento, la clave está en la educación, en enseñar a los niños y a las niñas que unos y otros son iguales, que ninguno tiene dominio sobre los demás. Suele decirse que la educación empieza en los hogares y continúa en las escuelas, pero la Iglesia también tiene parte de responsabilidad -al menos en lo que respecta a las familias católicas- porque ¿cómo encajan los mensajes de igualdad con una homilía en la que se reprocha a las mujeres que no sean sumisas y acepten las imposiciones de sus parejas?
Estos mensajes, y otros muchos que vemos a diario en la calle o en la televisión, donde la mujer suele tener un papel secundario, salvo que tenga un físico acorde a los cánones, se producen en un contexto en el que no hay medios suficientes para proteger a las víctimas. Una ribeirense, Paz Filgueira, titular del juzgado de violencia de género de Vigo, hablaba hace un mes de esto mismo, de lo deficitarias que son las medidas de control y de que el aumento de las denuncias -en los juzgados de la comarca también hubo un repunte- no basta para poder hablar de una mayor concienciación. Decía que es clave la información, que se divulgue el problema, por eso los mensajes contra el maltrato deben ser claros, y argumentos como los que dieron su minuto de gloria en Internet al arzobispo solo contaminan.