Magos

Maxi Olariaga LA MARAÑA

BARBANZA

Desde niño me interesó más la magia que la monarquía. Un mago puede hacer que, como dice la canción, una estrella caiga en tu jardín. Un rey te dirá que su casa es de todos, pero los ujieres de palacio te arrojarán al arroyo sino compareces con sus siete sellos lacrados sobre el pergamino real.

La magia te concede sueños inalcanzables, barcos de papel atestados de piratas. La monarquía se comunica contigo distante y protocolaria, tan fría que puedes sentir el helado filo del iceberg que degolló al Titánic recorriendo de sur a norte tu espina dorsal y paralizando la circulación de tu sangre. Prefiero la magia y se la recomiendo a usted. Le servirá para lograr un filtro de amor o el deseo más estrafalario que pueda ocurrírsele para arreglar este desvencijado y decrépito mundo.

A la del alba me ha parecido oír una conversación al otro lado del cristal de mi ventana. Cuchicheaban tres voces bien conocidas. Me levanté sin hacer ruido y pude ver lo que sucedía. Los Magos que conocí hace más de sesenta años, estaban sentados en el alar del tejado. Mientras hablaban, Melchor hacía juegos malabares, Gaspar acariciaba las orejas de su camello y Baltasar creaba pompas de jabón que ascendían brillando como estrellas hasta desaparecer. Discutían qué hacer conmigo pues creía en los magos pero no en los reyes.

Pero «¿quién dijo que somos reyes?», exclamó Baltasar. Somos magos y a mucha honra, secundó Gaspar. Pues yo no tengo interés alguno en reinar, concluyó Melchor. Por la mañana, empapada en rocío, encontré una rosa que olía a regaliz en la que vivía la limpia mirada de mi infancia. Magia, pura magia.