24 dic 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

El pasado fin de semana fue crucial en la historia de este país. Conversando con varios ribeirenses sobre qué creían que pasaría surgieron dos corrientes de pensamiento bastante definidas: unos decían que todo seguiría igual y otros confiaban en que la cosa cambiaría.

Lo cierto es que a mí los que más me interesaban eran los que entraban en contacto con este fenómeno por primera vez. Seguro que a muchos de ellos, como a mí, sus padres fueron los que los iniciaron en todo esto, contándoles todas las batallas que se tuvieron que librar para conseguir que llegara este día donde ellos también participan. Por un lado esfuerzo, estabilidad y bandera; por el otro cambio, justicia y libertad. ¡Qué hacer! 

Juraría que la gente estaba más nerviosa esta vez que en ninguna de las anteriores. Las expectativas son monstruos muy peligrosos. Aún así seguimos aferrándonos a ellas como si levantarnos a la mañana siguiente con resaca y otra cicatriz en el corazón fuese natural. La vida nos da tantos golpes como arenas tienen las dunas, el mundo continúa su camino hacia la barbarie y la guerra y, sin embargo, todavía nos ilusionamos, aún podemos hallar remansos de paz en la sencillez de una madre que ama a su hijo. Como digo, entre el caos, una nueva esperanza. 

Cuando todo acabó bajamos las escaleras y comentamos la jugada. Aunque nos haya parecido un acto fugaz tras tanta espera, nos sentimos bien, hemos cumplido nuestro deber ciudadano. Ahí mismo, en la entrada del Haley, nos abrazamos, «ha estado a la altura». Sí, lo ha estado, la nueva película de Star Wars nos ha devuelto la sonrisa.