Son estas jornadas propicias a la catarsis. Uno siente la llamada atávica de lo que tal vez fue hace trescientos millones de años. Una iguana hierática como una esfinge acomodada en su trono de piedra viva, sorbiendo rayos de sol, energía destilada para alimentar su ruda arquitectura. O quizás el recuerdo dormido nos precipite dentro de la piel de una rana y nuestro deseo, bajo el justiciero gobierno del sol, no sea otro que asomar el morro en una charca fresca y umbría y dar el crocró de pecho para enamorar a una pareja vecina poco dada al cortejo. Explosionan e incendian la vista los fuegos artificiales con los que las arenas de la playa festejan el mediodía, y el sol luce sus rizos de oro decaídos sobre su ojo de nieve que todo lo ve. Acaso en algún tiempo fuimos la gran anaconda y recorrimos el Amazonas a la busca de algún humanoide poco previsor que calmase su sed a la orilla del gran río que entonces era tenido por la sangre de la tierra que todo alimenta, que todo crea y vivifica.
El sol nos turba y enloquece y como a Quijote nos desquicia el seso, así que si no fuimos iguana, sapo ni anaconda, acaso hayamos sido fuente, catarata o torrentera y vaguemos por la tierra preñando granos y raíces que en primavera serán flores, uvas, naranjos o sauces. Volver al origen, al grito primero que nos despertó de nuestro sueño eterno acogidos en un colchón de polvo de estrellas, es la voz que estos días primeros del verano remonta los viñedos, enloquece a los girasoles y agiganta las higueras. Somos esquirlas de la viga maestra que la poderosa mano del tiempo esculpe para sostener el alma de la Tierra. Así, cuando llegue el otoño, la hojarasca y el viento malhumorado no arrastrarán la vida al precipicio oscuro del que nadie ha vuelto como quien fue sino como lo que pudo ser, iguana, batracio, serpiente.
Flor, racimo, trigo. Trueno, relámpago, lluvia. La noche es casi día en estas horas del solsticio de verano y los humanos saltan sobre las hogueras para expresar su dominio sobre las leyes de este mundo. El fuego se ríe de nosotros porque sabe que tarde o temprano seremos leña seca y arderemos bajo los pies alegres de los hijos de nuestros hijos. Cenizas.