No consigo controlar mis emociones. Me estoy haciendo viejo. Debe ser eso. No sé si la visión de esta fotografía me produce vértigo o alegría, desazón o desdén, desánimo u optimismo. Me aturde contemplar tanta vida amontonada sobre la playa a la que desde hace siglos, la mar llega indiferente cada mañana con las mareas incendiadas de energía por el motor astral de la luna lunera.
La luna ejerce sobre la mar una atracción fatal como hace con nuestros corazones a los que trae y lleva por las torrenteras de la vida. Barquitos de papel dando tumbos sin timón hasta llegar al gran remolino que todo lo engulle. Victorias, derrotas, días de gloria y días de fracasos sin redención alguna. Siempre anda la incertidumbre rondando como un espectro sobre nuestras atribuladas cabezas que buscan su lugar en el vasto desierto en el que se mueve la gran muchedumbre.
Parece un contrasentido pero la experiencia nos enseña con dureza como se puede hallar el desarraigo y la soledad más extrema en medio de la multitud que todo lo ocupa.
El Cristo de los Gitanos cruza impasible el Puente de Triana con su rostro iluminado por la trémula luz de los cirios. Las saetas agitan el alma del Guadalquivir y atormentan las sienes del Nazareno produciéndole más dolor que la corona de espinas con la que el romano lo proclamó rey. También allí le siguen miles de seres humanos arrastrando las cadenas con las que desde nuestro nacimiento todos viajamos sin que ningún herrero divino nos haya liberado jamás de su mordedura cruel.
Cuerpos desnudos al sol buscando el agua salada y cuerpos envueltos en sayones y capirotes que no dejan ver la flor de la piel ni la duda de una mirada. Siempre la multitud, el gregarismo.
Solos, en lo íntimo, también somos millones reflejados en los espejos de la televisión o balanceándonos en las ondas de la radio. Así nos quieren los pastores que rigen el rebaño. Amontonados hasta llegar a ser una sola carne, una gran ameba viscosa acorralada ante la amenazante muralla de la mar o entre los pretiles de los puentes sostenidos por pilares vacilantes.
En esa playa más que seres libres y pensantes, semejamos una colonia de focas a la espera de que los verdugos descarguen sobre nuestras cabezas el golpe definitivo que, sin dañar nuestra valiosa piel, acabe con nuestras vidas para ellos vacías y sin valor alguno.
Parece un contraste insalvable, casi una enemistad eterna, pero las mismas gentes somos quienes a codazos se abren paso en las procesiones, en las playas, en los estadios o en los centros comerciales. Los mismos que se apelotonan en los accesos a las ciudades con el motor al ralentí y la paciencia al borde de la histeria. Los mismos que trazan la cruel línea de sangre ante las oficinas del paro y en las listas de espera de los hospitales. Poco a poco los pastores y sus lacayos nos han marcado a fuego como a reses y nos distribuyen por el paisaje según el pasto.
Caminito de la playa trashumamos por las inestables cañadas de la historia. Así, hasta el festín de cada siglo, la guerra, el día grande en el que los amos celebran su banquete devorando, ahítos de vino, millones de quilos de carne de este ganado sumiso en el que han llegado a convertirnos y del que, solo un prodigio cósmico, podría liberarnos.