Insisten mucho. La cantinela de los prohombres, de los gobernantes, de las fuerzas llamadas, ¡qué ironía!, vivas? esa intentona contumaz de recordarnos siempre que todas las víctimas son iguales y responden a una misma locura, como si los que les escuchamos a este lado de la pantalla fuésemos un hato de ignorantes, está consiguiendo que el cáliz de la ira rebose anegando los altares y vierta sobre los manteles consagrados tanta inmundicia almacenada en la voluntaria parálisis permanente de nuestro raciocinio.
Les contaré un relato de terror, la lamentable degradación que anida en los seres humanos cuando las horas, las ideas y la oportunidad concurren en el cruce de caminos que conforman la vileza, la cobardía, la locura y la soberbia.
Luís Barrena y Alonso de Ojeda (1895-1936) fue uno de los abogados y jurisconsultos más celebrados de su tiempo, conocido en toda España porque en su despacho se tramitaron los asuntos judiciales más sobresalientes de su época. Fue un sabio que presintió los tiempos nuevos que como una refrescante lluvia de verano estaban a punto de precipitarse sobre la España que vivió extenuada por la pérdida del Imperio, gobernada por dictadores como el general Primo de Rivera y representada por una monarquía en franca dejación de sus funciones.
Llamado probablemente por su responsabilidad en aquel momento histórico, se presentó a las elecciones que le otorgaron un escaño de diputado por Melilla. Aquí hay que detenerse un momento para informar que Luís Barrena casó con una gallega cuya familia procedía de la muy marinera villa de Muros. Se llamaba Carmen Doval y de su matrimonio nacieron seis niñas.
En el verano de 1936, Luís y Carmen acordaron pasar los días del estiaje en aquella villa lejos de los calores y el bullicio de Madrid, para disfrute y descanso de las niñas y de ellos mismos aprovechando la paralización de los juzgados y del parlamento. Los imagino paseando bajo los pinares y siguiendo atentos y curiosos al atardecer las subastas en la lonja. Veo a las niñas jugando en la playa de Louro.
En el centro geométrico de aquella paz, estalló la blasfemia del golpe fascista contra la legalidad de la República, el 18 de julio de 1936. No puedo imaginar la preocupación de don Luís Barrena. Los sentimientos políticos se unieron al instinto de supervivencia que se debía a sí mismo y a su familia. Cuántas llamadas, cuántos avatares. Cuánta angustia debió soportar aquel hombre solo, abandonado en el Finis Terrae. No tuvo mucho tiempo para asumir su situación.
La noche del 21 de agosto, unos falangistas lo sacaron de casa a empujones ante su familia y le descerrajaron dos tiros en la cabeza. Hoy, en aquel lugar, se alza esta tosca roca, este monolito que denuncia y avergüenza a los autores de aquel asesinato.
Luís Barrena, como tantos otros mártires, no fue nombrado en la ostentosa ceremonia cívico-religioso-militar que incendió los telediarios. Me alegro por él. Da más testimonio esa roca gallega mirando al mar con sus ojos de granito que todos los altares que se puedan levantar sobre la Tierra. Todas las víctimas son iguales. No así quiénes ensalzan solo a las suyas, poniendo a Dios por testigo.