Esta semana, cuando se celebraba el día mundial contra la pobreza, conocíamos que en España hay doce millones de personas que cumplen los criterios para calificarlas de pobres: ¡el 26% de la población! Y un dato más doloroso: hay tres millones de personas que están en la pobreza extrema. Tres millones de seres humanos que están pasando por situaciones desesperadas, sin ilusión ni consuelo. Ciudadanos desahuciados por el sistema de un país que se cree civilizado.
Lo más sangrante es que esta misma semana conocíamos que en el estercolero en el que se ha convertido este país se debe pescar muy bien, pues han aumentado los millonarios. Precisamente uno de ellos, millonario desde la cuna, presidente de una entidad a la que no le duelen prendas en ejecutar desahucios de familias o en vender productos cuando menos irregulares, sacaba pecho en Nueva York y decía que a España está llegando dinero por un tubo. Que él, desde su atalaya de oro, no es que vea brotes verdes o una braña, sino una selva verde como en las películas de Tarzán.
Este individuo y cuatro más, que son quienes realmente mandan en este país, los que mueven los hilos de las marionetas que vemos en parlamentos y gobiernos, confunden su peculio con el de España. A lo mejor se refiere a que después de la devaluación de la mano de obra, algunas empresas pueden competir mejor en el mercado exterior; a costa de empobrecer más este país. O a que la banca está generando de nuevo copiosos beneficios, después de socializar las pérdidas provocadas por sus desmanes y trinques; sin que nadie pase por chirona. Dinero que nos han sacado de las pensiones, el subsidio de desempleo, la sanidad o la educación. O del dinero que los municipios empleaban en los servicios sociales, esos que precisamente atendían a las personas con una situación de mayor riesgo de exclusión.
Sus palabras y las de muchos políticos son un insulto a la sociedad española. Una ofensa reiterativa e indecente. Un menosprecio infinito a todos y cada uno de los ciudadanos. Y lo hacen porque no pasa nada. Les sale barato y a cuenta: cada vez son más ricos y poderosos, mientras la inmensa mayoría es más pobre. Incluso con las migajas también lo son sus mariachis. Tienen todo muy estudiado y cualquier atisbo de protesta es demonizada, perseguida u obscurecida.
Hemos retrocedido y mucho. Como hace siglos, las personas con más dificultades cada vez dependen de la solidaridad de sus familias, amigos o vecinos. El Estado tiene misiones de mayor fuste dando cobertura a tiburones y hienas. Qué más da que muchas personas pasen hambre, se suiciden o mueran sin atención. Son pobres y hay muchos, pensarán ellos. Es verdad, ya vamos en doce millones ¿hasta dónde llegaremos? ¿Cuánto más les permitiremos?.