T al vez usted recuerde esa vieja canción de Antoine, un cantante francés nacido en Madagascar hace ya 68 años. Antoine era un convencido iconoclasta y, en mis días de juventud, hacía cosas absolutamente fuera de lo normal entonces (lucir melena, mostrar sus nalgas a los fotógrafos, dar divertidísimas y escatológicas ruedas de prensa en las que proclamaba su fe en la acracia más irreverente o ducharse vestido comiendo un chateaubriend a la pimienta con su novia fregoteándolo, naturalmente, desnuda), todo ello hoy absolutamente cotidiano.
«Mas tú, ¿qué has puesto en el café, que desde que me lo tomé, siento una extraña sensación..?», cantaba. Y nosotros lo coreábamos como un rito, entendiendo que Antoine (Antuán, pronunciábamos muy redichos) se refería a una droga general con poderes anestésicos que desde los ámbitos del poder nos estaba siendo suministrada a los ciudadanos para que aceptáramos todas sus resoluciones, leyes y mandatos y, a pies juntillas, los cumpliéramos.
En aquellos días servían en el Liceo de Noia café solo, café cortado, café con leche y café especial. A algunas de aquellas ilustres infusiones, se le añadían unas gotas de coñac, de anís o de aguardiente blanca que tenían la virtud de tirar de la imaginación y de la lengua en las largas tertulias que anticipaban la partida de dominó, de escoba, de tute o de billar (¡Ay, Manolito Baltar! ¡Qué genio en todas esas artes venidas a menos!).
Quién sabe, y Dios me libre de implicar al Liceo en aquel contubernio gubernamental, cuántas dosis de aquella droga de Antoine, nos fueron inoculadas, vía inocentemente oral, en aquellas tardes de ocio tan quebradizo e inútil como el hielo que se derretía en los primeros cubalibres.
Pasados los años se nos curó el síndrome de ansiedad que aliaba el café con una jugada sucia del gobierno franquista para tener a los ciudadanos sojuzgados a su voluntad. Pero esta foto de Marcos Creo que publicó La Voz de Galicia, me hizo revivir aquel tiempo de huida y desconsuelo en el que navegábamos contra un rumbo inexorable. Digo contra porque hoy sé en qué mar y a favor de qué vientos navego y también conozco ciertamente qué rumbo traza el viejo galeón que, con sus deshilachadas velas, me conduce al último puerto.
El joven Abel que sirve el café bajo el soportal de su bar, desconoce esta historia. Pero a mi se me ha venido encima la sospecha al constatar la quietud ciudadana ante tanto atropello. Todos los Abel del mundo sirven el café satisfechos de su buen hacer a sus clientes pero, ¿quién sabe? Tal vez en ese café duerma ignorado un tóxico que, como la dulce poción de flor del loto que Circe daba a beber a Odiseo, nos esté haciendo olvidar quiénes somos y de dónde y para qué hemos llegado hasta aquí.
No digo que dejemos el café. No lo haga, por favor, solo es una parábola. Pero si, resístase, no se deje avasallar por esta banda de? ¿cómo los llamaría usted?, que nos atropellan, invaden y no nos permiten, ni por un momento, declarar en voz alta nuestros más elementales derechos humanos. ¿Qué habrán puesto en el café? No me acusen, por favor de surrealista. Se lo ruego. Solo es una parábola.