«Ramón era un dios en nuestra casa»

Testigo directo de la causa de su pariente, 14 años después de su muerte habla de lo sucedido


NOIa / LA VOZ

Dicen que el tiempo lo cura todo. Y tal vez, en el caso de la familia de Ramón Sampedro sí que sirvió para cicatrizar viejos estigmas que hoy ayudan a aclarar, y no enturbiar, el recuerdo de este mediático vecino de Xuño. Es su hermano José (Xuño, 1936) quien, 14 años después de la muerte de Ramón, decide echar la vista atrás y demostrar que el rencor y el odio no son buenos compañeros en la vida.

-La historia de su hermano y la causa que defendió en vida son hoy universalmente conocidas, pero a usted mucha gente lo conoce únicamente por el personaje que le retrata en la película que hizo Alejandro Amenábar, ¿cree que le hace justicia?

-Le voy a decir una cosa. La película nos la mostraron antes a la familia en un pase privado en Noia con los actores y otra gente del equipo de rodaje. Cuando terminamos de verla, me acerqué al actor que me representaba y le pregunté: ¿Usted cree que las cosas que se cuentan de mi y que usted interpreta fueron ciertas? Él me contestó que se limitó a hacer el papel que le dieron. Entonces, yo entendí que la culpa no era suya, sino de otros. Yo no fui nunca como aparezco en la película, pero ahora eso ya está. Han pasado muchos años desde entonces.

-Ahora que han pasado 14 años, ¿entiende su causa y respeta su decisión de morir?

-Respeto cualquier idea siempre que no tenga por objeto el daño. La lucha de mi hermano era legítima, igual que la defendida por sus amigos de DMD. Otra cosa es que yo la hubiese querido para mi hermano, sobre todo con mi padre todavía viviendo. Yo respeto que la gente quiera morir dignamente y no vivir en un cama. Pero usted entenderá que yo a mi hermano no quería verlo enterrado y prefería seguir teniéndolo en casa para hablar y disfrutar de él.

-¿Cuándo empezó Ramón a expresar su deseo de morir?

-Aunque lo mencionaba desde hacía tiempo, él no empezó a mostrarse convencido de esa idea hasta que murió nuestra madre. Siempre tuvo claro que, con ella en vida, eso no podía ni mencionarlo mientras compartiesen el mismo techo y viviesen juntos.

-¿Era un enfermo fácil de cuidar o tenía cambios de humor bruscos?

-Siempre tenía una sonrisa en la cara. Ramón era un dios en nuestra casa. Todos los sobrinos le querían mucho y estaban con él mucho tiempo haciéndole compañía.

-¿Cómo era Ramón con las muchas visitas que recibía? ¿Siempre tenía buena cara?

-Ramón era muy correcto y agradecido cuando venían a verlo. Otra cosa era cuando alguien le decía que algún día se recuperaría y que podrían ir a caminar juntos. En el momento se callaba, pero cuando la visita se marchaba, él siempre nos decía: ?Este se piensa que soy tonto, o por lo menos me trata como si lo fuese?. Y eso lo enfadaba, ya que aunque él estaba enfermo, no era tonto y sabía que su tetraplejia no tenía solución. Por eso, esas actitudes le ofendían a él y a su inteligencia.

-¿Cuándo vio por última vez a su hermano?

-Ya se había ido de casa y llamó para que fuese a verlo. Esto fue varios días antes de que muriese. Estaba un piso en Boiro y fui a verlo. Cuando llegué hablamos un rato, pero en ningún momento me imaginé lo que tenía planeado. Incluso estaba la cámara de vídeo montada en el salón. Fue entonces cuando me hizo prometerle que yo no iría a por la gente que le ayudase en su causa. No me quedó más remedio que prometérselo. Cuando murió, a los pocos días me di cuenta de que ya tenía todo pensado y de que se estaba despidiendo de mi a su manera.

«Siempre tuvo claro que con mi madre en vida

eso no podía ni mencionarlo»

«Me hizo prometerle que yo no iría a por la gente que le ayudase»

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