Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan/ decir que somos quién somos/ nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno./ Estamos tocando el fondo». Estos versos del poeta del alarido Gabriel Celaya, estremecedores, proféticos y engarzados en la rabia y en la pena negras, describen el abandono absoluto en el que vivimos.
Es imperdonable que en este tiempo en el que el ser humano posee ya la ciencia y la conciencia necesarias para erradicar de la faz de la tierra, el hambre, la enfermedad y la guerra, el conocimiento para predecir las tormentas y las temperaturas extremas, el saber para diagnosticar con precisión los vaivenes de la veleidosa economía, persistamos en el error que por su ignorancia nuestros antepasados cometieron una y otra vez. A ellos les perdonará la historia por sus escasos medios y su incomunicación. Nosotros, nuestra generación y me temo que las venideras, moriremos traspasados por la lanza de la duda y por el dardo de la certeza de que pudiendo hacerlo, no movimos un dedo para evitar la ruina del planeta y de sus habitantes.
Los malvados, los especuladores, los opresores en todo tiempo fueron los mismos. Hoy siguen siéndolo. Escasos si los comparamos con el derroche poblacional de las naciones en el siglo XXI. Pero así como otrora los poderosos ejercían el poder omnímodo sobre las gentes, estas tenían y tienen la disculpa histórica de carecer, para ser del todo conscientes de su martirio, del arma básica para su defensa. La información.
Escasas personas veían a un rey, a un Papa, a un general o a un rico mercader. Reinas, damas principales y esposas de grandes herederos eran desconocidas para el pueblo. No solo ignoraban las gentes la imagen de los próceres que los esquilmaban sino que estos les hacían bajar la cabeza por donde pasaban, arrodillándose las mujeres y descubriéndose y mirando al suelo los hombres.
La tortura sin piedad, los trabajos forzados de por vida y al fin el cadalso en el que se balanceaba la soga y brillaba la ensangrentada hacha del verdugo, eran información si, la información suficiente para que el pueblo permaneciese anestesiado, comiéndose con tierra el dolor y calmando a los mozos a los que, por su edad, les hervía la sangre al contemplar tanta injusticia.
Aún así, a pesar de aquella tiranía política y religiosa, el grito ¡libertad! Vagó por el mundo repitiendo su voz en los valles y en las montañas, estrellando su furia contra las losas de las plazas y las calles de las villas y traspasando como un rayo fiero las viñas y los sembrados. Fue la herencia, la única que pudieron dejarnos nuestros inocentes antepasados.
Nosotros ahora, poseedores de toda la ciencia necesaria, de mucha más información de la que creemos, de toda la experiencia histórica de la humanidad, nos dejamos manejar por esta conjura de miserables que manipulan nuestras vidas y golpean nuestras entrañas cada día y cada hora, tratándonos como a informes sacos de grano maduro que, apilados y sin vida sobre los camiones, viajan hacia la molienda final.
Cuando el gran Paco Ibáñez cantaba y canta los versos que al principio cité de Gabriel Celaya, apretaba los dientes y se asía al cordaje de su guitarra con la fe del que cree en lo que canta, en lo que dice. Estos versos a los que el poeta tituló: La poesía es un arma cargada de futuro, son de una dureza extrema. A los que no leyeron ni oyeron jamás este poema les recomiendo su lectura. Tal vez con ello emerjan para siempre del fondo.