Los jóvenes lo tienen claro. La casa es un lugar cómodo y habitable siempre que impere el más completo desorden. Su habitación ofrece el siguiente espectáculo: la cama revuelta, el armario con las perchas caídas y la ropa desplomada, la cómoda con los cajones abiertos como después del saqueo, la almohada pisada por un zapato en el suelo, una bolsa despanzurrada en un rincón y un aparato de música, lo más valioso, navegando en una marejada. Más allá, el cuarto de baño es una prolongación húmeda del anterior universo, donde el amasijo de toallas se confunden con la ropa sucia, la alfombrilla de la ducha y el calcetín de su pareja.
Después les ves salir hechos un pincel y te preguntas: ¿Puede un joven ser humano representar de mejor modo el acicalamiento de su generación emergiendo, con sus camisetas, tejanos y zapatones de gran marca, de la guarida del caos? Entonces se van de marcha los fines de semana dejando tras de si luces encendidas y puertas abiertas y grifos sin cerrar y suspiros sin destino, que no les pase nada, y ya veremos.
Veremos un mundo cuyo interior empieza a parecerse a su exterior ¿No hay guerras y masacres dentro de un continente del que parecían erradicadas? ¿No hay hambre asesinado África? ¿No hay superpoblación amenazando en Asia? ¿No hay racismo en cada esquino? El mundo es aquella misma cama revuelta, la ropa del armario acribillado a tiros, la bota aplastando la cabeza de un enemigo con la huella disco-bar...