Ara Romaní, «Estremas»

Maxi Olariaga

BARBANZA

03 jul 2011 . Actualizado a las 06:00 h.

Este é o noso mar, o único anaco de mar que nos queda, o mar branco, transparente, da soedade infinda dos afogados. Collo a dorna de amor do corpo e navego nas túas bágoas o único anaco de mar onde perdernos». Son versos de Ana Romaní. Pertenecen á su obra: Palabra de mar (1987).

«Un corpo é ese lugar que tensa a lingua até mordela. Fago casa e torno fóra entrego a cántara e a auga o meu corpo sen teito bordea o arrabalde da BOCA. O noso corpo é un campo de batalla substraído». Estos también son versos de Ana Romaní publicados en su último libro: Estremas (2010). Han pasado sobre la sangre y la piel de esos versos, 23 años. Más de ocho mil noches de papel, de grito abrasador y de angustia seca. Más de ocho mil días atravesando el desierto en el que la poeta varó su dorna venida de un mar de alabastro y jade. «O mar branco, transparente, da soedade infinda dos afogados». Es espeluznante imaginarla envuelta en versos protegiéndose del simún y de la voz de los dioses que levanta de un golpe las dunas y desnuda a las serpientes y a los escorpiones en las noches iluminadas por una luna de nata.

Uno lee estos versos de Ana Romaní y su cuerpo se va reduciendo, perdiendo peso y compostura, aunque no el equilibrio. Eso es justo lo que se encuentra al final de cada estrofa. El equilibrio de la ingravidez. Flotar sobre la arena, levitar sobre el tiempo secular que tardó el viento en moler cordilleras de granito hasta convertirlas en una alfombra blanca y voladora entre dos mares. Y atravesar ese espacio infinito asido a los versos que nos libran del espanto, del temor y de la pena.

«Dime se non é val este deserto ámbar a lagoa subterránea océano contido ese ventre. Dime que óxidos aplacan esas osamentas onde abrolla esta narcose que deita á indolencia aquelas selvas». Tal vez hubo un tiempo el que Simbad intentó un viaje tan magnífico. No hay constancia de que lo haya logrado. Si logró completarlo Ana Romaní. Ella atravesó el desierto calzando unas babuchas de piel de cometas y caminó sobre el fuego del descubrimiento último. Los versos ingrávidos que saltaban como autómatas de duna en duna presintiendo los inalcanzables oasis en los que enterrar el dolor y las palabras vacías. Ana Romaní atravesó el desierto más temido. Una tras otra cruzó todas sus puertas y dejó su huella para que quien quiera purificarse las siga.

«ILLADAS agora ou convictas aquí estamos amigas de novo reunidas como un campo de exiliadas dispostas ao clamor». Más versos para calmar la sed oscura que provoca el cuarzo en la garganta. Y se hace necesario abarrotarse de versos, beber todos los odres que viajan en la caravana de esta Santa Compaña a la que se le han consumido las antorchas, para calmar la sed más implacable a cada estrofa.

Ana Romaní nos ha dejado escrito un libro de viajes. Un viaje al infinito con retorno. Una salida fuera de la propia alma de modo que uno puede verla abandonada, llevada por el viento caliente preñada de dátiles y de té de menta helada. Es un libro maravilloso que debe este verano llevar en su mochila para abrir y leer al borde de la mar o en lo más alto de la montaña que ascienda. Se lo aseguro, sentirá la ingravidez y el cómo se llega a ella. Lea y de vez en cuando entorne los ojos y déjese seducir por la palabra de esta bellísima mujer que al fin ha encontrado la llave del desierto que usted siempre presintió en su vida. Use esa llave y esos versos. Purifíquese porque no tendrá más oportunidades para hacerlo.