Se comentaba en Noia la tarde del Viernes de Dolores,la escasa asistencia a la procesión. Buen tiempo y buena hora vespertina parecían proponer un lleno en el rito. No soy sociólogo, pero el comportamiento humano no es una ciencia exacta. Acudo a la iglesia poco y casi siempre a acompañar a un amigo en su funeral y observo a la salida que un gran porcentaje de gente llegada a acompañar al féretro hasta el camposanto se abstiene de entrar en San Martiño.
Tal vez el cansancio, lo repetitivo de la escenografía o el sonido hueco de la palabra de Dios a través de los hombres sean las causas del abandono. También el tiempo nuevo que vivimos en el que la tecnología y los avances científicos parecen haber desbancado la necesidad íntima de tener una divinidad a la que asirnos. Y también la propia Iglesia que se ha dejado ir sin resolver sus contradicciones y pecados con la dureza que exige a sus creyentes, puede haber contribuido al camino del desierto que se observa en las misas y novenas y también en los cuartos y las aulas vacías de los seminarios y conventos.
Quizás la Iglesia, hoy gobernada por una gerontocracia burocrática y experta en ciencias económicas, deba hacer cuanto antes una autocrítica y dejar de ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el suyo. El Vaticano es proclive a culpar de la falta de fe de su rebaño a la ciencia y al desarrollo, pero creo que llegó la hora de que cumpla con la admonición de Cristo: Por vuestros hechos os conocerán. Creo que hace tiempo que sus hechos han alarmado a las gentes del siglo XXI.