No quiera pasar por una persona importante ante los demás. Eso es patético porque, cuando lo hacemos, se nos ve el plumero al primer intento. Pero sí, claro, hay que sentirse importante para uno mismo. Uno debe quererse, apreciarse, saberse sus cualidades sin mentiras y cuidarse sus defectos sin disimulos para vivir una vida más o menos digna, ya que estos tiempos que corren no dan para mucho más.
Andan estos días en las primeras planas de los periódicos una serie de nombres propios, los nombres de las personas más ricas de este mundo. La revista Forbes conoce sus dineros como si fuese el contable de confianza de todos ellos. Sabe de sus cuentas, de sus inversiones, de sus propiedades, de sus animales, de sus empleados?, todo, Forbes lo sabe todo, sin embargo nunca nos cuenta cómo llegaron tan arriba. Desde luego debe ser una aventura increíble comenzar de empleado en una tienda de A Coruña y escalar en cuarenta años hasta la séptima plaza del ránking mundial de milmillonarios en euros. Estoy seguro de que por el camino tuvo que quedar mucha nieve, mucha sonrisa helada y muchas, muchísimas horas de trabajo infinito.
Tal vez estas gentes, las que se hicieron a sí mismas, no los grandes herederos, se sintieron importantes, más importantes que los demás, es decir, los más importantes del mundo y dedicaron su vida a demostrarlo. Tal vez, quemaron etapas sin mirar atrás y fueron abandonando en el arcén de sus atajos, amores y amistades, juegos y besos en pos del trofeo final, el gran zorro del capital que corría despavorido zigzagueando por la pradera, perseguido por la caballería que se disputaba su piel. Eso sí, solo unos pocos llegaron a alcanzarlo y Forbes nos cuenta cómo cada año se disputan su piel.
Pese a esto, usted no se amilane, quiérase a sí mismo y a los suyos y procure pasar por este mundo sin hacer demasiado ruido. En todo caso, recuerde la frase de nuestro genial Jardiel Poncela: «Los muertos, por mal que lo hayan hecho, siempre salen a hombros».