En verdad, «qué poca cosa semos», como decía el castizo limpiabotas mientras embetunaba los zapatos del Séneca. ¿Recuerdan al Séneca? Una serie mayúscula de la televisión única. Aquello era una catarata de sentencias y proverbios cuya agua se colaba por las rendijas del régimen franquista. Y, efectivamente oiga, es que «semos casi na».
Tenía una serie de planes para saltarme el calendario oficial, apuntarme a las divertidas celebraciones de carnaval y dejarme ir con el río de la vida sin apoyarme en nada, flotando sumiso sobre las aguas brillantes e iluminadas por este sol sinvergonzón que nos viene anunciando el comienzo de la primavera a fin de que no perdamos la esperanza. Ya tenía yo en mi poder mis billetes inexistentes con destino al país de la alegría y ya había llenado mis maletas de nada con risas. Ya había soñado el mejor transporte, un tren de juguete que bramara entre las colinas de un decorado infantil. Incluso había preparado mi cuerpo tan baqueteado por los muchos viajes de verdad que llevo a mis espaldas, lo había preparado, digo, para el amor.
Y, vaya por Dios, una duda en la escalera, un peldaño que parece huir de los pies y la caída que todo lo transforma. Un razo roto que cambia tu tren de fantasía por un viaje a deshora al hospital de Compostela. Un total de ocho largas horas en el servicio de urgencias viendo entrar y salir el pánico por los dolorosos pasillos. Allí se pierden las maletas río abajo, y los antifaces y las serpentinas se hunden en los remolinos en los que tenías pensado ponerte a jugar unos días con las hadas.
Un brazo roto en una caída casual e inmerecida. Otra herida para apuntar en el calendario de las frustraciones. Lo que decía el limpiabotas del Séneca. «Es que no semos na, señor». Ahora recordaré este carnaval como el de? aquel del brazo roto y el de, qué suerte que fue el izquierdo. Por cierto, la izquierda parece que tiene el año tonto. Habrá que espabilar y, sobre todo, no hacer muchos planes que acaben rodando escaleras abajo.