Vodeviles políticos

Juan Ordóñez Buela

BARBANZA

La política, a veces, muchas veces, se convierte en vodevil. Se abren y se cierran puertas como si se tratara de una obra del gran Feydeau. En los vodeviles no se cuecen grandes tragedias ni se viven amores apasionados. En apariencia, se habla de la fidelidad y el amor, pero nada de eso tiene relevancia. Lo imprescindible es la superficie, la arquitectura teatral, el engaño. Por eso la política se parece al vodevil. A veces, demasiadas. Es vodevil que Berlusconi tiemble, no por sus negocios, sino por ser adicto a las curvas.

Es vodevil que Camps esté acusado por unos trajes. Pero más aún que haya salido a la luz lo de las entradas del circo. ¿Que tipo de corrupción se basa en el privilegio de acceder gratis al palco que está más cerca de los payasos? Y es vodevil, en definitiva, el caso de la Cámara de los Comunes, en el Reino Unido. Ha dimitido el «speaker», pero, tras él, deberían haber renunciado unos cuantos parlamentarios más. No lo digo por las prebendas inmobiliarias ni por haber imputado gastos de jardinería particular a la cuenta del Estado. Lo que me parece vodevilesco, histriónico y, por supuesto, apocalíptico, es que un político intente colar el carrito de su bebé en las dietas.

La condición de ciudadano supone ser mayor de edad y capaz de razonar. La Administración ordena la convivencia con leyes destinadas a ese ciudadano ejemplar, adulto y razonable. Las medidas coercitivas se toman solo contra los que no la cumplan. El orden es la regla y el conflicto, la excepción. Fin del bello ideal positivista. Ni la edad ni la razón parecen ya suficientes para que el ciudadano llegue a asumir, en serio, un grado de responsabilidad personal. Tenemos información, ordenanzas, multas y ojos vigilantes. Nada. Desobedecemos. Cualquier limitación o prohibición es una injerencia autoritaria.

En política y en el póker están permitidos los faroles. El político, tiene la ventaja de que no se puede apagar de manera inmediata, hay que dejar pasar meses, o toda una legislatura. Y claro, tan largo me lo fiáis que los políticos tienen el farol por costumbre.