Salí una noche

Carlos Insúa

BARBANZA

08 ene 2011 . Actualizado a las 02:00 h.

Como es bien sabido, la vida nocturna de Boiro se concentra en el sur, en esa parte que yo llamo el Bronx y, por extensión, Maxi Olariaga llama Wichita. La noche va subiendo hacia el norte por Principal, Pablo Iglesias y Constitución. La zona está plagada de discotecas, pubs y bares de dimensiones y decibelios variados. Los locales de jóvenes y adolescentes están situados en el sur, en pleno Bronx y subiendo hacia el norte aparecen algunos locales de adultos.

En este caminar de abajo hacia arriba por la calle del socialista, hay uno que lleva el nombre de un bombardero. Bombardea música, licor y chupitos, con sonrisas bellas y amables desde la barra y desde la atalaya del pinchadiscos. En una noche de copas, haciendo otra excepción, entré en aquel B52. Pensando como María Conchita, no me pido perdón, aunque a veces llore y me jure mil veces que nunca más.

Allí estaban ellas, una rubia y una morena, repartiendo tragos por doquier. Uno de los clientes, al que le decían Miki, pegado a un cubata vacío, le brindaba a lo lejos a una mujer, y antes de que ella pudiera responderle, él estaba de cabeza contra la barra del bar, balanceando una y otra vez. La mujer a quien le brindó el Miki bailaba caliente con un chaval. La mona de pelo largo, labios hinchados y pómulos recién puestos, le hacía a la vez un baile de contorsionista al más guapo de la noche.

Ella no se percató de que él intentaba seducir a la que servía los tragos. La rubia de la barra, Carmen, de ojos luminosos, me hacia señas de que no me metiera, que no hacía falta. Que no me metiera en nada, quería decirme con aquella mirada. Y bien pensado, pensé, a medida que me bebía copa tras copa, y algún chupito que me ponía aquella linda mujer, que todo aquello que altera la conciencia saca a relucir, de vez en cuando, todo lo dulce que llevas escondido muy adentro. Pero para qué engañamos, me decía, siempre será más emocionante imaginar y fantasear; para lo demás están los amigos sobrios.

Por eso, a veces creo que se equivocan las botellas que llevan impresa la veda a los menores de edad. Deberían estar vedadas a los adultos, que son quienes nos dejamos llevar por ese terrible embellecedor, y es al otro día cuando nos alarmamos ante el espejo. Seguimos siendo lo mismo, incluso más feos.

Pero habrá más noches y más chupitos, que la música es para el cuerpo el mejor alimento y el licor más exquisito. Me lo dijo Diego, el pincha, que por un momento pensé que pinchaba para mí. Habrá más noches y más chupitos, saldré otra noche. Me lo dijo Diego con su música y Carmen con su sonrisa.