Andrés do Barro

Maxi Olariaga

BARBANZA

30 dic 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

Siempre que llegan estas fechas, recuerdo a Andrés. Porque en estos días se nos murió de cáncer y de pena. Un 22 de diciembre, llegó la noticia cuando se cerraban los bombos y se apagaban las luces del salón de Loterías y a la vez la gente vertía el cava saltando como ranas felices frente a las administraciones para que las cámaras de los telediarios transmitiesen al país su alegría, la electricidad de aquellos a quienes la suerte les toca en el hombro y distrae un momento sus vidas.

Los que fuimos sus amigos, quienes le quisimos, quienes le conocimos, esperábamos desde hacía tiempo que la flecha mensajera se clavase en un árbol del jardín. Pero los días navideños tal vez consiguieron que bajásemos la guardia y el golpe, como una coz de hielo, nos abatió sobre la tierra fría de aquel diciembre que iba a ser de serpentinas y guitarras. Así que, quemamos en la lareira las serpentinas y encerramos en sus ataúdes las guitarras y nos quedamos mirando al cielo, buscando el eclipse que acompaña la muerte de los seres amados.

Aunque no fue un juguete roto, sí fue Andrés un ídolo caído mirándose en su propio espejo. Él vio como se derrumbaba aquel mito en el que él mismo nunca creyó. Yo creo que debió sentirse liberado cuando una buena mañana se halló fuera del stablishment y de la tiranía de las productoras y los representantes que lo zarandeaban aquí y allá exigiéndole más y más canciones, más y más dedicación, más permanencia en el hit parade . En resumen más dinero. Tú ganas, nosotros ganamos, le apremiaban los gurús. Andrés era un romántico de los que ya no quedan y aquel mundo de plástico y cartón piedra, hería su sensibilidad.

Se había saltado la movida como un atleta supera una valla sin romperla ni mancharla. Pero, ¿quién se imagina a Andresiño en la movida madrileña? Pasó bajo su balcón aquella gente como pasa una murga haciendo ruido en carnaval. Andrés se moría al otro lado del telón sin oponer resistencia alguna y su adiós a la vida fue tan saudoso como sus días.

Luego, ¡oh sorpresa!, aparecieron un montón de amigos que le alabaron y le colocaron en la historia. La mayoría de ellos, habían abominado de su música y de su entreguismo a las autoridades de Madrid. ¡Qué banda de ignorantes! Y siempre uno se los encuentra subidos al carro del vencedor.

Unos años antes, Andrés y Paula nos habían enviado una felicitación navideña. Terminaba así: «¡Que Deus nos de bendición e forza para a nosa laboura por Galicia e que rente en beneficio dos homes da nosa terra!».