El alcohol, esa droga autorizada

Juan Ordóñez Buela

BARBANZA

Vivimos el verano pasado, en las fiestas de Boiro, un espectáculo bochornoso. En las calles de la movida, jóvenes de apenas 14 y 15 años, caían borrachos por cualquier esquina. Una escena deprimente, fruto directo del descontrol y la dejación de la policía en huelga de celo. El experto en leyes, el legislador, las hace para que luego, impunemente, no se cumplan. Pese a que está terminantemente prohibida la venta de alcohol a menores, más de la mitad lo compran en supermercados. Urge hacer un control exhaustivo de esta actividad, de lo contrario estaremos empujando a la juventud a que se convierta en alcohólica.

Todo el que bebe cree que él no tiene problemas con el alcohol. Tremendo error. Existen dos grandes grupos de alcohólicos; los atormentados o deprimidos, que buscan el refugio en el alcohol y las drogas, y los que empiezan a beber por hábito social cuando son muy jóvenes o para alternar con las personas que le rodean. En cuanto al origen social, suele ser de clase media-baja y, tanto mujeres como hombres, están expuestos al consumo excesivo con graves consecuencias. La media de edad está ya en los 14 años.

Cualquier persona puede habituarse a ser alcohólica. Hoy en día vivimos en una sociedad de frustrados: los problemas del paro, de estudios, de relaciones personales son algo habitual en nuestro entorno, lo que hace que el pesimismo y el desencanto tengan el campo abonado. Esta sensación flota en el aire y hace que muchas personas ávidas de eso tan ambiguo que llamamos felicidad se lancen a la búsqueda de las drogas y el alcohol, sin saber que esos «paraísos» están a las puertas del infierno, sin retorno.

Quiero referirme a una de esas drogas autorizadas: el alcohol. Una droga doblemente peligrosa, pues se enmascara con la etiqueta de legal y es de uso continuo y regular, siendo de adquisición fácil y asequible a cualquier bolsillo y a cualquier edad.

Aunque la cifra de adolescentes que beben alcohol es prácticamente la misma que en años anteriores, el porcentaje de los que acaban borrachos ha aumentado con la llamada movida del botellón, que se traduce en un incremento de la ingesta por atracón. Hay chavales que acaban ebrios todos los fines de semana tras haber tomado cinco copas o más. Los menores de edad se emborrachan cada fin de semana aprovechando esa droga autorizada.