Los males del tabaco

Juan Ordóñez Buela

BARBANZA

Fumar puede matar. Desde que esta y otras advertencias similares aparecen en los paquetes de tabaco he observado que producen una reacción ambigua. Por una lado, hace que la gente tome cierta conciencia de lo dañino que es fumar pero, por otro, dan un puntazo añadido al acto de encender un pitillo.

Las advertencias escritas no producen tanto efecto como deberían. ¿Recuerdan cuándo, hará cosa de veinte años, una empresa británica lanzó al mercado una marca de tabaco que llevaba como nombre Death (muerte)? Los cigarrillos venían en un paquete completamente negro y, sobre la obligada advertencia de riesgo para la salud, había el dibujo de una calavera y un par de huesos cruzados. Fue una marca que, aun siendo menos perjudicial que las otras (no llevaba nitrato), se encontró con la oposición de otras marcas, que le hicieron la vida legalmente imposible hasta que tuvo que cerrar; pero no fue por falta de clientes.

Las advertencias de los paquetes resultan incluso contraproducentes porque, según cómo, incitan a fumar más. Lo interesante, porque demuestra cómo funciona el cerebro humano, es que, en cambio, resultan más efectivas otras frases que no apelan a la muerte. Son las de tipo «fumar te hace poco atractivo», que se utiliza en algunos países, porque a los que fuman para aumentar su autoestima les toca justo en la línea de flotación.

Encontrar en Barbanza un bar para tomar café sin tragar humo es una tarea casi imposible. Tras la entrada en vigor de la Ley Antitabaco, la gran mayoría de los locales optaron por permitir fumar. Ahora, el Ministerio de Sanidad se está planteando prohibir fumar en todos los locales de uso público a partir del 2011. Me parece bien que se generalice la ley, creo que será beneficioso para los clientes y para los empresarios.

Lo que me extraña es que, en muchos bares gallegos, se pone un icono de un cigarrillo rodeado de un círculo verde cuando se quiere decir que ahí se puede fumar y con uno rojo para anunciar territorio sin humo. Es evidente que el que decidió este diseño siguió las pautas de los semáforos y, por extensión, abundó en esta idea, artificial pero asentada, de un verde significa vía libre y rojo, prohibición, no pasar. No sé si es un diseño centralizado y obligatorios para los bares y restaurantes, pero alguien debe haberlo encargado, porque es sorprendente la repetición de la misma imagen, que refuerza aún más el símil circulatorio. Sea quien sea la persona o el equipo que haya hecho el diseño, es evidente que les debió molestar tanto la regulación del consumo de tabaco en lugares públicos que decidieron impulsar este icono buscando la parte más positiva de la psicología de los colores: los bares que dejan fumar son el reducto de la libertad y, lo que no, son una antro de resentidos que es mejor evitar.