Contagiadas por el ritmo salsero

María Xosé Blanco Giráldez
M. X. Blanco RIBEIRA/LA VOZ.

BARBANZA

Madre e hija comparten su pasión por el baile, una afición que la progenitora sintió desde siempre, pero que desarrolló cuando su niña empezó a clases

24 oct 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

La pobrense Blanca Alamancos está convencida de que la pasión por el baile se lleva en la sangre. Argumenta que, en su caso, la siente desde pequeña, la comparte con buena parte de sus familiares y se la transmitió con gran facilidad a su hija, Blanca: «A mi padre le gusta, pero es que mi madre es tremendamente bailarina y tiene un hermano que, cada vez que te cogía en una verbena, parecías una peonza», comenta la progenitora.

Al igual que ha hecho ella, también los padres de Blanca le transmitieron la afición por el baile. Lo hicieron cuando tenía tan solo 5 años, inscribiéndola en clases de folclore gallego: «En aquella época era lo que se llevaba, no había tanta oferta como hoy en día. Pero a mí debió de gustarme, pues estuve en la agrupación de Amas de Casa hasta que tenía 18 años».

Tras un largo parón, Blanca Alamancos volvió a desarrollar su afición a raíz de llevar a su hija a clases: «A mi pequeña también le gustó bailar desde siempre. De hecho, era llegar a una fiesta y empezar a moverse. Por eso, en octubre del 2008, decidí anotarla a clases en la academia El Tomasón».

La pobrense reconoce que, en un primer momento, sintió que la chiquilla, quizás por su corta edad, acudía con cierto recelo a las clases: «El primer año iba como indecisa, pero ya en el verano tuve claro que le encantaba el baile, pues no paraba de preguntarme cuándo se iban a retomar las clases. Ahora, le parece muy poco el tiempo que pasa en la academia».

Empujón definitivo

Y fue precisamente a raíz de llevar a su pequeña a las clases cuando Blanca se animó a dar el salto: «Cada vez que llevaba o recogía a la niña en la academia me entraba el gusanillo y, al final, decidí a apuntarme yo también».

Ahora, las dos mueven sus caderas al son del chachachá, del merengue o de la salsa; melodías que desprenden mucho ritmo y que tienen encandiladas a madre e hija. Tanto es así que a ambas les cuesta conformarse con acudir a la academia un día por semana: «La verdad es que se nos hace muy corta la clase. Siempre le digo a Orlando que la debería ampliar porque, a los que de verdad nos gusta el baile, no nos llega a nada».

Y eso que, por problemas de carácter físico, a esta madre de A Pobra le cuesta pasarse una hora bailando: «Estoy mal de la columna, pero lo que hago cada día que me toca baile es embadurnarme de pomada y tomarme una pastilla. Después, hasta que el cuerpo aguante».

Para Blanca Alamancos, lo del baile es una afición: «Busco aprender y pasármelo bien, pero no me veo capacitada para aspirar a más, aunque en la academia hay gente que está participando en concursos». Eso sí, no le importaría que, para su pequeña, llegara a ser algo más que una alternativa de ocio: «¿Y por qué no? El baile también es arte. Quiero que siga con sus estudios, claro está, pero pienso que son perfectamente compatibles con las clases de baile. Si a ella le gusta, yo lo veré bien y la apoyaré. Eso seguro».