Fundido a negro

Maxi Olariaga

BARBANZA

26 sep 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

Me parece recordar que los directores de cine ingleses al fundido a negro, le llaman fade out . Ya saben, el fundido a negro es un recurso que se usa en el cine para cambiar el ritmo de una escena mediante el oscurecimiento de la pantalla tras el cual recomenzará la película en otro tiempo o en otro lugar, con nuevos o los mismos personajes viviendo el argumento.

Recuerdo que cuando hace más de cuarenta años representé un par de comedias dirigidas en el Coliseo Noela por el inesquecibel Pepe Agrelo, a esta transición se le llamaba oscuro. No era necesario bajar el telón, no. Simplemente aquel minuto abarrotado de negrura obligaba al público a enfrentarse con una nueva situación sobre las tablas del escenario.

Tengo para mi que no hay fundido a negro más real en nuestras vidas que la transición que afrontamos de agosto a septiembre. La fuerza necesaria para sugerir y lograr ese cambio de escenario, de tiempo o de lugar, no la consigue el Año Viejo con toda su parafernalia televisiva de «ding dong» y renos blanquísimos trotando bajo la nieve, mientras las uvas se atropellan en el gaznate inundado por el cava. A la película del año nuevo, con los coros infantiles cantando sus villancicos al Mesías, le falta la gota de tragedia necesaria, esa mezcla de veneno y desamor que se produce la noche que nos lleva del 31 de agosto al 1 de septiembre. Decae en esa luna el ritmo cardíaco y la respiración explora salidas y entradas en los ignotos caminos de la fábrica de ideas que reside en las alturas bajo la piel que, como un oasis, se extiende desde nuestra frente hasta la nuca. Esa noche transcurre entre dolores interminables, estertores y pesadillas agotadoras que, al alba, se nos aparecen como vidas millones de veces vividas quién sabe donde.

Nadamos en un particular océano de sábanas empapadas en el mar de nuestro propio sudor y el miedo brinca desde la ventana al armario, desde el armario al reloj y desde el reloj a la mesilla de noche en la que pretende descansar el hada que vela el poco sueño que se nos regala en esa noche. A lo mejor soy un bicho raro y solo yo siento esta angustiosa catarata que desde el verano nos precipita inermes al encuentro del otoño. Pero, por si somos pocos o muchos, dejo constancia escrita mientras pueda hacerlo. Nunca estaremos aquí para siempre como la experiencia nos hace ver y por eso se nos hace tan duro constatar el patetismo de las gentes empeñadas en llegar a ser los más ricos del cementerio, el último y eterno fade out , fundido a negro, de nuestras cortas y pobres vidas.

Es inútil resistirse. El dolor, la enfermedad, la degeneración cruel que lleva aparejado el haber vivido en este planeta, siempre está y estará ahí al acecho como un depredador necesario que elimine la carroña del paraíso perdido.

El fundido a negro nos espera a la vuelta de la esquina y de nada, en esa hora, habrán valido las ventajas ni las victorias obtenidas sobre enemigos que no eran tales. Todas las artimañas, todos los trucos hipócritas, todas las medias verdades y las disfrazadas mentiras zozobrarán como un barquillo de paja en un estanque jardinero. A los fulleros y a los ventajistas les llegará su fade out al igual que a los inocentes y a los que buscaron el rumbo de sus vidas tropezando mil veces en las mil piedras del camino.

Yo, para vivir tranquilo mi particular fundido a negro, suelo tener muy presente la letra de la canción de Serrat. «Si la muerte pisa mi huerto, ¿Quién firmará que he muerto de muerte natural? ¿Quién vaciará mis bolsillos? ¿Quién liquidará mis deudas? A saber? ¿Quién pondrá fin a mi diario, al caer la última hoja en mi calendario?». Fundido a negro. Fade out .