La triste despedida de un símbolo en Ponte Goiáns

Marta Gómez Regenjo
Marta Gómez RIBEIRA/LA VOZ.

BARBANZA

El barco mejillonero que desde hacía dos décadas adornaba la terraza del mesón Os Muíños dijo ayer su adiós definitivo

23 sep 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

Fue una despedida sentida, dolorosa y larga. Ayer, el barco mejillonero que desde hacía dos décadas adornaba la peculiar terraza del mesón Os Muíños, a orillas del río Coroño en Ponte Goiáns, abandonó definitivamente su morada hecho pedazos. Sus dueños consideraban peligroso seguir manteniendo la nave en su lugar dado su deterioro, así que decidieron desprenderse de una embarcación convertida en un símbolo de este lugar boirense.

A las nueve de la mañana, empezó a oírse en Ponte Goiáns el ruido de las motosierras y de las mazas y hachas que golpeaban el casco del barco. Comenzaban entonces unas tareas de desguace que se prolongarían a lo largo de la mañana. Mientras pedazo a pedazo, tablón a tablón, la embarcación iba dejando paso a un esqueleto de madera y hierro, su propietario, Luis Andrés, explicaba la historia de la nave.

Fue su padre, ya fallecido, quien tuvo la idea de colocar el barco en la parte de atrás del establecimiento, en el lecho del río: «Meu pai valoraba moito o traballo no mar, e era moi afeccionado aos barcos, así que, cando soubo que o dono quería desfacerse deste ocorréuselle que podería darlle publicidade ao negocio por ter algo distinto e, ao mesmo tempo, sería unha especie de recoñecemento á xente do mar». Después de casi medio siglo de vida, Luis Andrés considera que el barco cumplió ya su cometido «tanto no mar coma no río», así que llegó el momento de la despedida por temor a que una crecida del río acabase con él definitivamente.

Difícil tarea

Sin embargo, llevarse la embarcación de donde estaba no resultó una tarea fácil. El primer plan previsto para su desguace y traslado tuvo que cambiarse sobre la marcha, así que hubo que desmontar el casco en trozos pequeños para transportarlos a mano hasta un tractor que se lo llevaría de allí definitivamente.

Más complicada fue, sin embargo, su llegada a Ponte Goiáns, puesto que fue preciso cortar la AC-305 a la altura de las curvas que hay junto al puente para que una enorme grúa lo bajase hasta el río esquivando las casas que rodean la zona. La marcha fue mucho menos espectacular, pero también mucho más triste: «O barco estaba duro, aínda me levaba a min á sepultura», se lamentaba la madre de Andrés.