Ángela Gude, de Aguiño, no tiene parada. Sus 78 años de experiencias vividas se reflejan en las arrugas de su rostro y en los dolores que le provoca la artrosis. Pero, si uno mira con atención sus ojos, de lo que habla su mirada es del espíritu de un niño, con la vitalidad y energía que solo la inocencia y la juventud son capaces de lograr. Ángela es feliz. Lo dice su sonrisa constante, su actitud siempre cordial con los visitantes. Pero lleva consigo el duro peso del alzhéimer.
A pesar de la alegría que contagia a su alrededor, la convivencia no es fácil, y solo unos minutos con ella bastan para darse cuenta del cansancio que puede generar cuidar de una persona con esta dolencia. Es su hija Ángela Arnoso la que se encarga de estar pendiente de ella diariamente. Vive junto a la casa de sus padres, así que tiene que atenderlos a ellos, su hogar y su trabajo en la peluquería, y las horas del día no le llegan. Afortunadamente, esta familia cuenta con una valiosa ayuda: el centro de día que acaba de abrir en Ribeira. Allí pasa Ángela madre todas las tardes, de 15.30 a 19.00 horas. Parece poco, pero para su hija es todo un mundo.
Tras una mañana de cuidados caseros-Ángela Gude no puede hacer nada por sí sola-, llega el momento de preparase para ir al centro. Hay que peinarla, vestirla y calzarla correctamente. «E non te creas que lle vale calquera cousa», explica su hija. Así que, primero, hay que preguntarle qué quiere ponerse. Y es que, a pesar del alzhéimer, Ángela Gude conserva aún el buen gusto, la elegancia y la coquetería. Por supuesto, no puede salir sin su collar y sin los pendientes.
«Imos ao cole, ¿non?»
Una vez lista, sin perder la sonrisa, anuncia a todo el mundo que se va al centro de día, lo que ella denomina el colegio. Esta mujer es una de esas personas que se hace querer, que despierta ternura, que agarra de la mano a quien esté con ella en ese momento y afirma: «Imos ao cole, ¿non?».
Su hija la ayuda a subirse al coche y a ponerse el cinturón, pero en los pocos segundos que tarda en sentarse al volante, su madre ya está jugando con la llave del contacto. «O outro día quitou o freo de man», recuerda. Está claro que la paciencia es una virtud esencial para cuidar de una persona así. En Ribeira, todos son abrazos y muestras de cariño hacia las cuidadoras y el propio director del centro, Pablo Mirás. «Esta é unha xente especial, marabillosa, teñen un don. Aquí está ben atendida», explica.
Así empieza para Ángela Arnoso las cuatro horas de su tiempo, del que le pertenece a ella, y es entonces cuando deja ver el cansancio -físico y psicológico- que lleva acumulados en estos últimos cuatro años, desde que a su madre le diagnosticaron la enfermedad. Ha tenido que aprender a vivir con otra madre distinta a la que conoció, una persona que es como una niña, pero que no lo es; que apenas tiene momentos de lucidez y con la que mantener una conversación es un sueño irrealizable. Una abuela que le cuenta a su nieto: «Hoxe porteime ben no cole, ¿ti portácheste ben tamén?», una abuela con caprichos de niña.
Su historia es la de muchas otras familias que conviven con estas personas que parecen estar en un mundo aparte y que incluso, en los casos más graves, padecen episodios de agresividad. Para ellos, para los cuidadores, lugares como los centros de día les permiten una pequeña porción de las vidas que les robó el alzhéimer.