El Gobierno ha querido ser justo y repartir los sacrificios de las crisis para que, además de los de siempre, también los ricos pasen por caja y se paguen unas rondas. El asunto no era tan sencillo como parecía, ya que, a tenor de las continuas evasivas para definir el concepto de riqueza, nos habíamos hecho a la idea de que los opulentos tenían el don de hacer la estatua, y esa inmovilidad esculpida en mármol de Carrera les permitía pasar desapercibidos. Días pasados le preguntaron a Elena Salgado sobre el particular. ¿Puede explicar cuáles son las rentas altas? «Evidentemente, no», contestó. He ahí la prueba del desconcierto.
En las épocas de hambruna bastaba ver a un tipo que llenaba el traje para concluir que iba sobrado, pero desde que el mundo compra en el supermercado y se atraca de pistachos, las cosas se habían complicado extraordinariamente. ¿Cuál debía ser el criterio para determinar si estamos frente al potentado que ha de rascarse el bolsillo o ante la clase media del adosado y el jardín con silveiras que no deja de retratarse en Hacienda? La solución al enigma llegaba también estos días pasados, aunque sin excesivas pretensiones: aquellos que, entre rentas y patrimonio, superen sustancialmente el millón de euros serán los sujetos del nuevo impuesto anticrisis. Los ricos, por tanto, son los millonarios, valga la obviedad.
Confesaba una destacada figura del PSOE que el cuerpo siempre le había pedido entrar a saco en las Sucav de las grandes fortunas hasta que le explicaron que podía haber fuga de capitales, lo que venía a establecer la gran diferencia entre capitalistas y funcionarios: al segundo se le puede bajar el sueldo sin que se fugue. Finalmente, entre la hipotética amenaza de que los ricos tomen las de Villadiego y la evidencia de que quienes estaban huyendo del Gobierno, y a toda prisa, eran sus electores, Zapatero se ha decantado por palpar los bolsillos de los más adinerados y exigirles la calderilla. Menos es nada.
Tan alto se ha situado el listón que el campo de la clase media se ha ensanchado de manera exagerada. Ya sabemos lo que une a un mileurista y a un ejecutivo que se levanta medio millón al año: que no son ricos. Puede ser principio de una gran amistad, pero en realidad, ya sabemos quién es rico.
El presidente, José Luis Rodríguez Zapatero, anunció que el Gobierno presentará en breves semanas una figura tributaria que no afectará a los impuestos generales ni al 99,9% de la población, sino solo a los ciudadanos con una alta capacidad económica. Así lo adelantó en el Congreso, en respuesta a una pregunta del presidente del PP, Mariano Rajoy. Zapatero explicó que el Gobierno está evaluando dentro de las posibilidades del sistema fiscal una figura que permita que los ciudadanos con mayor capacidad económica hagan un esfuerzo solidario durante la crisis. Recordó que ya dijo que su objetivo es que el esfuerzo para reducir el déficit sea «lo más equitativo posible», lo que le lleva a pedir un esfuerzo a los ciudadanos que más tienen.
Rajoy calificó el anuncio de inquietante y recordó que el principal problema de la economía española es la falta de confianza en el Gobierno y acusó al propio Zapatero de provocar poca certidumbre con sus decisiones. Los expertos consideran que el Gobierno tiene en mente implantar en España el equivalente al impuesto de la solidaridad de las fortunas vigentes en Francia. Se trata de un gravamen sobre el patrimonio de los contribuyentes que superen una cantidad elevada, entre uno y dos millones de euros, al margen del valor de la vivienda habitual y de los activos de los negocios que utilicen para vivir.