Era el tiempo de los inocentes, los días en los que un rey por prevenir el nacimiento de otro amenazante monarca podía, por consejo de sus augures, pasar a espada a todos los recién nacidos para, por el viejo sistema de eliminación, quedarse sentado sin sobresaltos en su trono por una larga temporada. Conocemos mil historias como esta y el elegido siempre eludió la espada para sin falta aparecer una mañana de gloria, bello y esplendente como Apolo y de un solo tajo decapitar a su monstruoso perseguidor antes de convertirse él mismo en un monstruo.
Aprendíamos la primera parte de esta historia en la edad de la inocencia leyendo en los libros silenciosos la crónica de la humanidad. Creíamos sin llamar a la puerta de la fe, que el ángel de la guarda caminaba a nuestro lado y nos subíamos a los tejados a violentar el nido de la golondrina y trepábamos a lo más alto del árbol para atiborrarnos de cerezas o de higos. Nos jugábamos la vida confiados en que el amigo invisible que nos protegía con sus alas evitaría el desastre. Sin embargo la muerte rondaba a menudo y todos tenemos el recuerdo del compañero ahogado en la ría y de aquel color violeta que como una flor parecía nacer en sus labios helados.
La vida dura que acompaña a la sangre ya residía latente entre nosotros. Muchos maestros de entonces conseguían que descifrásemos el misterio de los quebrados usando el convincente y elástico chasquido de la regla de boj sobre las palmas de las manos. Aprendíamos las posibilidades de la hipotenusa hincando durante horas las rodillas en la piedra húmeda del aula oscura y los trapezoides y los poliedros se abrían sitio en nuestras cabezas mezclando la sal de las lágrimas con la tinta fresca de la clase de caligrafía. Aquellos que nos enseñaron que España limita al norte con el Mar Cantábrico y los montes Pirineos que nos separan de Francia, conservaban todavía en la gaveta el viejo manual de tortura para lograr el triunfo final que no era otro que arrojar al temporal del mundo nuestra inocencia con la piel curtida por los golpes.
Sin embargo casi todos tenemos buen recuerdo de aquellos educadores de palo y tente tieso. Ello viene dado con toda seguridad por el hecho de que, al compararlos con la bestia que nos aguardaba tras la puerta de los inocentes, nuestros maestros eran unos ángeles perfumados por el aliento de Dios. Benditos sean por lo mal pagados y poco reconocidos que fueron. Así fue que dejamos la escuela, las cerezas, la mariola y la estornela, para derramarnos como fuentes brillantes en la ponzoña del océano de la historia. Desnudos de malas intenciones, gloriosos como criaturas surgidas de la piel de la divinidad salimos al mundo a comprobar que la esfera era oblonga y el triángulo romo.
No podíamos explicarnos cómo un cuadrado podía tener cinco lados ni cómo multiplicar podía ser lo mismo que restar ni por qué razón las brujas y los ogros habían llegado a ser gentes bien vistas a las que incluso se les concedía el poder de juzgar, otorgar, obligar y quitarnos casa, familia y vida si lo creían necesario en nombre del bien común, concepto este que nadie ha sabido definir hasta el día de hoy.
Pensando en estas cosas me he detenido a revisar docenas de fotos logradas en los días de la inocencia hasta que me di cuenta de que en todas, si uno se fija, una tristeza indefinible, aún defendida por la sonrisa, brilla como una estrella lejana en el fondo de nuestra mirada infantil. Era el presentimiento, una enigmática seguridad que nos revelaba que la tortura de que la letra con sangre entra, iba a ser eterna y tal vez solo acabaría el mismo día y hora de nuestra muerte.