Pulmones, hígados, riñones, corazón... Los necesitamos para vivir. Pero ellos también nos necesitan a nosotros para seguir viviendo. Cuando nos morimos, ellos mueren. Algunos de estos órganos podrían seguir funcionando si les diésemos la libertad, es decir, si fuesen trasplantados a una persona viva. Centenares y centenares de riñones están condenados a la destrucción cuando el propietario se extingue.
El trasplante de órganos es una de las grandes conquistas de la medicina y de la cirugía moderna. En realidad, a los profanos nos parece mentira que se pueda trasplantar un corazón o un riñón con éxito. Pero está demostrado que es posible. A alguien le han trasplantado los dos pulmones. Extraordinario.
Este tipo de operaciones son aún tan nuevas que nos cuesta renunciar a la idea de que, una vez hemos muerto, debemos seguir enteros. No importa que sepamos que a partir de ese momento se inicia un proceso de descomposición del cuerpo. Lo aceptamos, es una ley biológica. Polvo eres y en polvo te convertirás. Pero esto es una fatalidad y no podemos hacer nada. Los antiguos embalsamaban los cuerpos e intentaban dar a los difuntos una apariencia de vivos. Aunque el corazón dejara de latir y los pulmones ya no aspiraran aire. Desde hace unos cuantos años, la revolución ha sido increíble: aquel pulmón puede respirar en otra persona, aquel corazón puede latir dentro de otro pecho.
Es cierto que no todos están preparados psíquicamente para tomar la decisión de autorizar un trasplante. Perdura el respeto por la integridad del cuerpo propio o el de un familiar. Y debe de ocurrir que, mucha gente, aún en plenitud de vida, se resiste de un modo instintivo, inconsciente, a creer que morir significa ya no estar. Nuestro corazón ya no es nuestro corazón, porque nosotros hemos dejado de ser nosotros. Supongo que hay que hacer un esfuerzo mental difícil para dejarse de ver a uno mismo. Hay que tener claro, para ser un donante de órganos, que estaremos en un lugar en el que ya no necesitaremos nada. Ni dinero ni gafas. Antiguas culturas dejaban alimentos junto a los cadáveres.
Ahora sabemos que lo abandonamos todo. También el páncreas, por ejemplo, un órgano que nos resultaría un poco difícil explicar cómo trabaja. Pero no es preciso saberlo, lo importante es pensar que podría seguir trabajando para otro, para un desconocido a quien dejaremos la mejor herencia.