Esa fotografía, según me dice quién me la hace llegar, pertenece al primer número del diario deportivo Marca . En esa primera portada el hoy diario se anunciaba como semanario gráfico y una rubia con gesto premonitorio de la futura Marilyn, saludaba: «Brazo en alto a los deportistas de España». Hay que observar, volver atrás y fijarse en esas mayúsculas que se usan para escribir España. No es baladí. Ni tampoco es ninguna tontería ese brazo en alto, amenazante como un edificio a punto de desplomarse. El fascismo lo había invadido todo. También el deporte, y esa España con mayúsculas correteaba por los cuatro puntos cardinales sostenida en ese brazo -«ave Franco»- por el vuelo primerizo aunque ya resabiado de los aguiluchos. Era el primer vuelo sí, antes de convertirse en el águila negra de «por el imperio hacia Dios». Estamos hablando del año 1938 y de la curiosa coincidencia de que ese diario fuera fundado en la ya conquistada para la causa nacional Donosti-San Sebastián, por don Manuel Fernández-Cuesta y Merelo, hermano de Raimundo que fue el primer secretario general de la Falange Española.
Manuel, que era pediatra, estudió también periodismo, carrera a la que terminó dedicando todos sus esfuerzos. Era un verdadero entusiasta de la prensa y de la radio y, tal vez para que España no se quedase manca y pudiese alzar los dos brazos de la balanza, también fundó El Ruedo , semanario dedicado al mundo taurino. Murió muy joven, a los 46 años, dejando esas dos obras. Mientras otros se dedicaban a perseguir y a encarcelar rojos por todo el país, Manuel Fernández-Cuesta, hizo la otra guerra. La del panem et circenses , guerra incruenta pero también letal para todos cuantos bandos participaron en ella.
Si se habla de toreros o futbolistas, todo español de pro lleva dentro un apoderado o un entrenador. La mujer para la propaganda. Ahí se adelantó al futuro don Manuel. Dio con la llave que aunaba a todas las almas, aunque estas adorasen no solo distintos sino opuestos ídolos. Los toros y el fútbol ayudaron grandemente a sobrellevar las heridas provocadas por el rayo de la guerra. El rayo que no cesa que clamó Miguel Hernández, rayo caliente, abrasador y justiciero que hendió aquella España hasta el día de hoy, mal que nos pese.
Esa fotografía, en plena tribulación del combate a sangre y fuego en las navas y en las trincheras, se dispersó por ambos frentes con la fuerza airada de una catarata e inundó de patriotismo deportivo la cándida sonrisa de gallegos, catalanes, andaluces, castellanos, vascos, levantinos, extremeños, navarros, cántabros, isleños y maños. Todas aquellas gentes que la República había asomado al federalismo y que ahora se enfrentaban a una dictadura con la pólvora áspera y gris de por medio, leían el Marca en las noches de guardia fría a la luz de un candil de carburo.
Gallegos de ambos bandos suspiraban por la chica de la portada, pero también por el Celta unos y por el Deportivo otros. Lo mismo sucedía con los vascos divididos entre Atocha, San Mamés y los irreductibles irundarras. Así aquella España rasgada al bies por la guadaña fría de su triste historia, continuó unida sobre el césped y sobre el albero de las plazas de toros. Joselito y Belmonte, Manolete y Arruza dividían también uniendo a aquellas dos Españas que se congelaban en la pluma de don Antonio Machado camino del exilio y de la muerte cierta. Fútbol y toros, hierba y arena. Sobre esos cimientos se erigió hasta el día de hoy esta España una que sigue sin resolver su ecuación nacional.
No ha nacido el matemático que enuncie el teorema de la identidad y la liberación final. Eso lo saben los que mandan. Por eso siguen jugando con fuego las tardes gloriosas de orejas y goles hasta que provoquen un incendio que convierta el mapa en cenizas y miseria.