Día de playa

Maxi Olariaga

BARBANZA

27 may 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

Recuerdo hace años un amanecer de mayo en el que el sol amenazaba a la humanidad con tanta saña como estos últimos días. Vivía yo en otra ciudad, en otro mar. Me despertó el olor de una fritanga que a través de los visillos inmóviles se filtraba por mi ventana abierta y se colaba en la alcoba dispersándose por todo el piso. Aquel aroma madrugador se suspendió un buen rato en un sombrero mexicano que colgaba en la pared sobre la cabecera de mi cama y se fue sin dar los buenos días, saltando al vacío desde la galería del salón. Pechugas de pollo empanadas, pensé, mientras me asomaba al aire caliente del mundo. Entonces la oí. Una mujer, sin duda mi vecina de abajo, cantaba la famosa Niña de la estación, de doña Concha Piquer.

A pesar de la hora era agradable oírla, lejana como una radio antigua. Salió a la terraza y enseguida comprendí que se estaba preparando para una jornada de playa. Recogió un par de sombrillas y, mientras remataba el cuplé, les sacudió el polvo amontonado en las horas de invierno. Recordé entonces que era sábado. Hice un café y, créanme, el olor de una tortilla de patatas que invadió mi territorio y se fue sin despedirse como antes lo hizo doña Pechuga de Pollo Empanada, venció al aroma del cafetal que tenía ante mi nariz. Que mano tiene mi vecina, me dije.

Ahora mandará a su marido a por pan y, mientras hace las camas, despertará al niño y le enseñará la toalla, el balde y la paleta para que se tome alegre el desayuno. Me asomé a la galería, miré hacia abajo y pude ver al marido camino del horno. Salí yo también después de una ducha a comprar la prensa y, al volver, me los crucé en el portal. Apenas un buenos días nos dijimos. Cuando entré en casa me asomé a la galería como por impulso.

Mi vecina estaba a punto de entrar en el coche y entonces miró hacia arriba y me vio. Nos quedamos un momento prendidos del misterio. De repente ella alzó su mano como diciéndome adiós. Sorprendido hice lo mismo y el coche, camino de la playa, se perdió en el fondo de la avenida. Pasé la tarde en casa de un amigo que tenía un jardín umbrío y refrescante en el que, entre conversación y copa, se me aparecían los ojos de mi vecina diciendo adiós.

Sobre las nueve de la noche regresé a casa. Había un revuelo en la puerta. Tuve un presentimiento horrible y no tuve nada que preguntar a la gente. Mi vecina, la pobre, había muerto ahogada al intentar salvar a su niño del mar que se lo llevaba a su vientre oscuro. Son bofetadas, latigazos, explosiones en el techo del cerebro que te marcan para siempre y como fantasmas reaparecen cuando vuelve el calor de mayo.