El cartel que anuncia la ocurrencia de que alguien está dispuesto a pintarle a usted su casa «a domicilio», es una guasa del Celtiberia Show nuestro de cada día. Pero detrás de la guasa, más allá del humor que guarda este país en los entresijos del traje de su historia, les aseguro que hay gentes que, ciertamente, le pintan a usted su casa «a domicilio». Este mismo periódico está siguiendo de cerca el vandalismo ejercido en las calles de Palmeira por una pandilla de indeseables que emborrona con todo tipo de frases y dibujos al espray, las paredes, las puertas, los vehículos y en general la libertad de sus vecinos.
Estas pandillas, que los sociólogos han convenido en llamar tribus urbanas -perfecta la elección de ambos términos, tribu y urbana- creen que han arribado a una isla oculta para el resto de los seres humanos. Ese nuevo mundo que creen haber descubierto no es sino el viejo espacio de la cobardía, el abuso de la fuerza, el aprovechamiento de la indefensión del contrario y la traición y la muerte por la espalda. Estos valientes en grupo, confunden la unión para alcanzar objetivos de progreso con la manada dispuesta a obligar a los demás a que den pasos atrás en sus historias personales y sociales. Hemos visto ya muchas películas, leído cientos de novelas, conocido demasiadas historias y derramado miles de lágrimas para que ahora vengan estos mentecatos con sus «no es para tanto». También les amparan, es cierto, la irresponsabilidad ejercida por la familia carnal y la autoridad oficial, esta última con todas las cartas en la mano para que al menos se les vea la intención de poner fin a semejante alarde de mediocridad y cutrerío derivado del comportamiento de estos impresentables.
Hay hechos claros y probados y es un hecho claro y probado que decenas de vecinos de Palmeira han reclamado una vez tras otra que el poder por ellos otorgado a los políticos ponga remedio a esta situación insana en la que malviven de sobresalto en sobresalto. Es el colmo que una de las pocas cosas que podemos disfrutar en estos días, un mínimo de paz en nuestras calles, se vea alterada por estas bandas de almas vacías que han descubierto que La naranja mecánica que nos presentó Kübrick en su filme reflejo de la novela de Anthony Burgess, es el camino para la realización de sus vidas. Me ponen de los nervios estos personajes callejeros que se creen dueños de la calleja. Estos aprendices de Corleone que andan por las plazas vendiendo protección al frutero, al sastre y al carnicero. Estos estúpidos que en soledad tienen miedo del coco y se mean en los pantalones si se encuentran con la realidad de su pobre vida ante el espejo. Para la historia han dejado escrito en una pared: «El dolor es temporal, la gloria es eterna»". ¡Casi nada!
Ya me gustaría conocer que saben estos impresentables del dolor y la gloria. Tal vez el dolor sea el mar del mundo que hemos creado y en el que nadamos sin por ello ahogar al que se mantiene a flote a nuestro lado. Y la gloria, ¿qué es la gloria para esta muchachada? Acaso insultar a sus vecinos, amedrentarlos, patear sus coches o invadir de mil maneras distintas sus propiedades o su círculo vital? por favor, chiquillo, tira el cigarrillo y márchate a tu casa como decía el cuplé y si en tu casa no encuentras calor, date una vuelta por Pedrazas (Valladolid) que allí te encontrarás a otra tribu que se divierte los martes de carnaval pateando y torturando hasta la muerte a unas docenas de gallinas y prostituyendo así la tradición consentida que en su pueblo tenían los quintos (los llamados a filas) de afanar un par de gallinas para darse una cena de despedida antes de ir a la mili.