Súper

Luis Ventoso

BARBANZA

Imagínese que mañana usted tiene que llevar a sus chavales al cole, pasar por el banco, visitar al dentista, ir a trabajar y llevar el coche al taller. Una persona normal resopla y se agobia con solo pensar en una jornada tan frenética. Pero hay gente de otra pasta. Por ejemplo, los superjueces. Hace un año, Garzón se ocupó él solo, ¡y en un solo mes!, de estas pequeñas cuestiones: destapó el Gürtel; investigó en París la estafa del Fórum Filatélico; desarticuló en Barcelona una red yihadista; descabezó nuevas marcas de Batasuna y todavía tuvo tiempo para irse de caza con el ministro de Justicia y dar conferencias.

Garzón ha sido un estajanovista pasmoso y siempre habrá que agradecerle su tarea de ariete contra los narcos, las mafias, ETA, la corrupción y los genocidas. Pero lleva 22 años en el plató de la Audiencia Nacional y su divismo (y el querer abarcarlo todo) han enrarecido su figura, valiosa por muchos conceptos. Su afán de protagonismo, y su valentía y laboriosidad, le han granjeado enemigos en todos los ámbitos. Es sabido que entre Garzón y el juez que hoy lo encausa media un antagonismo hondo y antiguo. Lo mismo le ocurre con el Supremo. El PSOE le guarda la factura del GAL. El PP, la del Gürtel. No es el santo patrón de casi nadie.

Garzón está pasado de vueltas y sobreactúa: demasiado campo para un único jugador. En su extemporánea causa general contra el franquismo, que llegaba 32 años después del fin del propio dictador, asumió a sabiendas competencias que al parecer no le correspondían. Deja un regusto agrio que se tenga que ir por una demanda animada por el revanchismo de organizaciones ultras. Pero no es menos cierto que el magistrado patinó en sus atribuciones. Y eso es algo que un juez, por súper que sea, no puede hacer, aun asumiendo que los que han destapado su error estén animados por el rencor.