Eran maravillosos


Muchas veces, cuando reviso las viejas películas, un escalofrío que quema como el fuego de la nieve al blanco vivo me estremece y la sangre se vuelve densa. La siento caótica recorrer el interior de mi cuerpo piernas arriba, invadir el corazón como una catarata y salir despedida hacia la cabeza en un viaje perpetuo y sostenido. Se altera el circuito, se sobresalta el silencio interior y una maraña de voces encendidas me llama al viejo tiempo, me pide que regrese, que lo abandone todo y retorne a aquella tarde en la que me senté en una butaca del café de Rick en Casablanca. Desde aquel día sueño las tardes de verano, balanceándome en mi destartalada mecedora, que Ingrid Bergman decidirá quedarse con Humphrey Bogart y no tomará el avión de la soledad.

Nunca, ahora me doy cuenta, he creído que al fin hubiera decidido abandonarlo. Preferí imaginarme un plano en el que de la niebla surgiese ella, bellísima, tras la silueta del avión que despegaba hacia el norte. Creo que Michael Curtiz rodó ese plano y que lo guardó en el cajón que cada uno tenemos en el desordenado armario del espíritu para que, cuando nos sintiéramos abandonados y a merced de la tormenta, pudiésemos rescatarlo y vivir nuevamente la aventura inacabada del amor eterno.

Volver a ver esta y otras de las viejas películas me abarrota la boca de menta y cacahuetes y la sangre bulle alegre en la oscuridad de la sala. Las manos juegan a descubrir otro cuerpo en la butaca de al lado, mientras la linterna del acomodador sube y baja el pasillo como una bicicleta invisible y silenciosa.

Volver a empezar es una oportunidad que los dioses deberían habernos concedido. Esta imprevisión divina nos ha obligado a dejar por el camino miles de cadáveres, millones de besos, incontables caricias. Y también a nosotros mismos, por este defecto de la providencia, nos han abandonado malheridos entre los matorrales que vigilan la senda que nunca volveremos a pisar.

Entre las butacas y el tendido de general cuelgan abandonadas las pieles sin arrugas que rodeaban nuestra cabeza loca. Conservadas como la badana envuelta en el aroma del Zotal, desfilan como fantasmas entre los despojos de la vieja pantalla panorámica, pisoteadas por los caballos de Messala, nuestras almas inocentes, nuestros pensamientos verdes como el primer fruto de la madrugadora primavera de nuestras vidas.

Todo se ha ido quedando atrás. Todo naufragó y se hundió a miles de metros bajo la superficie con la mole del primer Titánic . Todo se redujo a cenizas bajo las bombas del día D, hora H. Algo muy necesario para tener esperanza se perdió con el disparo del hombre que mató a Liberty Valance y el resuello no nos alcanzó para coger en marcha el último tren de Gun Hill. Todos hemos terminando saltando por los aires con la deflagración del puente sobre el río Kwai e inexorablemente nos dirigimos a la hora final en el submarino contaminado de Gregory Peck.

Aquellos días y aquellos cines, aquellas vidas estrelladas por la luz en las viejas pantallas, se han desmoronado como Roma bajo el incendio de Quo Vadis y casi nada nos queda a que asirnos para remontar el río Bravo de la vida. He dejado de ser un rebelde sin causa y, muy a mi pesar, me temo que terminaré formando parte de la jauría humana que acecha a sus semejantes hasta su aniquilación total.

Para consolarme me quedo con el blanco y negro de aquellas maravillosas tardes en el contraluz de los cines que hoy, abatidos por la modernidad, golpean la consciencia muerta para siempre de nuestra juventud. Tal vez, quien sabe, Peter Pan acuda al rescate de este niño perdido y lo devuelva a casa. Ese mismo día, Ingrid Bergman habrá decidido quedarse para siempre con Bogart y nadie recordará jamás con dolor la vieja canción, El tiempo pasará.

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