Hace pocos días fue aprobada una ley que entroniza el aborto libre, al tiempo que disciplina la cuestión en base al conocido sistema de plazos. Cuando escucho los debates acerca de los pros y contras del aborto me asalta una duda de esas que los clásicos denominaban ontológica. La cuestión es fácil de explicar, yo me considero un ateo in péctore; por mucho que lo piense, no encuentro evidencia de intervención divina ni en la creación del mundo ni en la vida cotidiana. Como deriva lógica de lo anterior, entiendo la defensa de la vida como un imperativo categórico de la existencia. Es por eso que me sorprende que personas que descreen de lo absoluto -llámenlo si quieren Dios, numen o su equivalente-, se arrogan el derecho a inmolar en el claustro materno una forma de vida incipiente.
Hay un axioma elemental, el encuentro entre el espermatozoide y el óvulo hace aflorar en el vientre materno una nueva vida. La ciencia desvela nítidamente cuál es el problema de base. Frente a este aserto irrebatible se alzan otros de índole distinta, que extraen su sustancia argumental de la antropología o la sociología. Se avizora pues un antagonismo entre la biología y las ciencias sociales. Razonan las partidarias del aborto que las mujeres son dueñas de su cuerpo, y pueden hacer con el mismo lo que les venga en gana. Frente a esto, yo arguyo que cuando abortan laminan la vida de un tercero, que interinamente se aloja en el claustro materno.
Por otro lado, el nasciturus responde a un patrimonio genético de ambos progenitores, lo que debiera conducir a una dúplice voluntad (paterna y materna), una cohesión del ámbito de decisión. Sería pues necesaria la voluntad concorde de las partes, para la lapidación quirúrgica en vía intrauterina.
En el pentagrama del ateísmo no caben las notas discordantes del proabortismo; si así se hace, se adultera la armonía musical del conjunto. La postura doctrinal de los católicos o evangelistas obnubila la mente de quienes se consideran ignaros de Dios, lo que ha conducido a un estrabismo en el ideario político y a la defensa de la mayor estulticia sanguinaria de la historia.