Quemar al «enemigo»

Juan Ordóñez Buela

BARBANZA

Cuando hace más de treinta años se fraguó con tanto apoyo popular la transición política y se logró la Constitución democrática, del consenso se pretendió intencionadamente cambiar el curso de la historia de España y erradicar de una vez por todas el recurso a la violencia, enterrar el hacha de guerra y decir no definitivamente a la España cainita.

Tanta violencia, tanta saña, tantos odios fratricidas en la historia de España. Tantos fuegos que nos gustaría que nunca hubieran ardido. Quemas de libros, quemas de los que eran calificados como herejes, quemas de las que llamaban brujas o de los que se les acusaba del pecado de sodomía, de los judaizantes, de cualquiera que estuviera en el punto de mira y se les considera como enemigo. Con qué arrogancia se atribuían el poder de negar las vidas y destruir al enemigo. En otras ocasiones, quemas de iglesias y de conventos, incluidas bibliotecas de valor inconmensurable o tesoros artísticos irrepetibles. O quemas de cosechas, de la «casa del pueblo», del «circuito de obreros y labradores» o de la casa cuartel. Terrible historia de la infancia y de tomarse la justicia por la mano, con tan crecido número de víctimas.

Cientos de ejemplares patéticos que podemos personalizar en la figura incombustible ante la historia y cada vez más valorada de Miguel Servet, huyendo de la Inquisición española, perseguido por la francesa, llegó a quemar sus obras, abrazado, al fin, junto a sus libros y papeles, en Ginebra, en la hoguera preparada por Calvino, con leña verde además para que la agonía fuera más duradera y atroz.

Por eso se quiso poner punto final y cambiar el rumbo de la historia. Sorprendió así vivamente la «hazaña» de unos jóvenes envalentonados quemando la imagen del Rey. El fiscal entendió que no había delito y el juez no pudo condenar en consecuencia.

Para la sociedad española, para la opinión pública, los tales pirómanos que se jactan de su hazaña no pueden ser ni héroes, ni transformadores sociales, ni revolucionarios; son vulgares villanos sin cabida en un sistema democrático, porque este permite defender todo tipo de ideas a través de fórmulas pacíficas. Y, si el pueblo español quiere, se puede cambiar la organización del Estado, se puede, ¡cómo no!, abandonar la monarquía.

Los atizadores del fuego son, además, unos ignorantes, porque no saben que en España, hace más de ochenta años, se suprimió la monarquía por medio de unas elecciones, sin que hubiera que quemar nada ni a nadie.

Es difícil y costoso aprender la democracia. Patinan sin justificación algunas fuerzas políticas que propician el fuego como método. Pero ese método es intolerable. Con el fuego no se juega. Quede el fuego para los fogones, para los fuegos artificiales de las hermosas noches de verano. En democracia, no vale todo, esa es su grandeza y la debilidad de la que se aprovechan sus enemigos.