Fue después del gasógeno. Porque, sepa usted que Juan también condujo bajo los efectos del gasógeno, fuerza motriz que como una mochila de montañero llevaron muchos coches a su espalda hasta los años cincuenta. Después del gasógeno llegó el autobús de Juan o Roxo. Era un bellísimo híbrido de camión y carromato que en Noia y en el resto de España palió las fatigas de miles de personas que con los tiempos nuevos comenzaron a desplazarse, cada vez con más urgencias, a las ferias, a los negocios, a los médicos, a las fiestas y a los juzgados.
Aquellos chalados en sus locos cacharros, como bien tituló su filme Ken Annakin en 1965, conquistaron la modernidad definitiva. Cortaron en seco el larguísimo bostezo del universo y se lanzaron brincando sobre los pedregales a recorrer los caminos del futuro que presintieron los hombres como Juan o Roxo que en la intrahistoria común transitaron como ángeles avanzados por aquellas carreteras de morrillo y gallinas sueltas.
Al autobús de Juan o Roxo, si usted cerrara los ojos por un momento, podría verle bajando dubitativo los caminos de Sicilia, o ascendiendo a los Urales rumbo a Siberia. Tal vez se le presentase bordeando las orillas del Rin, cargado de barriles de cerveza, o sumergido en los verdes valles escoceses transportando barricas de whisky. Quien sabe, quizás coronó los Andes a la busca del hielo con el coronel Aureliano Buendía al volante o descendió a los infiernos de Sidi Ifni abarrotado de soldaditos de plomo español jugando a las guerras coloniales. Mil millones de historias cuidó entre sus bielas engrasadas a mano este autobús legendario que hizo la ruta Noia-Serra de Outes tantas veces como fue solicitado.
En él viajaron sueños y maletas camino de Cuba y Argentina. Sancosmeiras de blusa de hilo y pendientes negros con sus cestones abarrotados de grelos y huevos frescos. Tratantes de Mazaricos y San Orente, jugadores de fortuna que desde Carballo bajaban al San Marcos a reventar la timba del Casino. Novios en busca del fotógrafo que les perpetuase en color sepia. Enfermos devorados por la tisis camino de Compostela y curas de bonete y sotana llamados a un funeral cantado en San Martiño. Toda clase de aventureros, truhanes, estudiantes, tejedoras de lino, buenas gentes, marineros y labriegos se subieron alguna vez al autobús de Juan o Roxo para darle sentido a su vida o jugársela a la carta más alta. Era tiempo aquel de grandes decisiones y había que tomar con frecuencia en marcha el tren de la vida que desaparecía aullando entre los pinos a toda velocidad.
Observando la fotografía con la lupa que me regaló el Rey Baltasar, se puede ver a la izquierda acodado en el motor, orgulloso como el capitán del Titánic , a Juan o Roxo y sentado sobre el guardabarros con la pierna cabalgada a Celestino Furruxa, tal vez su socio en esos días. Recuerdo bien, bastantes años más tarde, los viajes a Santiago y a Vigo con mis padres en el elegantísimo Opel Kapitan azul oscuro conducido por Celestino, un conversador nato y enterado.
Un buen grupo de niños rodean el autobús, incluso bajo su carrocería. Y un pasajero adelantado mira a la cámara, tal vez diciendo un último adiós a la alameda de Noia que nace al fondo entre magnolios y palmeras. Tal vez puedan apreciar el pavés de la avenida al que hoy con acierto los que mandan, han restituido en los pasos peatonales. El adoquín tiene elegancia y poder de evocación y permite sentir el suelo seguro y sobresaltado que uno pisa. No es otra cosa la vida sino seguridad y sobresalto. El mismo ritmo del camino que andaba y desandaba Juan.
Una anécdota. A las paisanas a las que la feria les había salido aciaga, Juan o Roxo no les cobraba. Estas cosas ya no se ven. Ni se verán jamás de los jamases.