La fusión del marisqueo

ALICIA FERNÁNDEZ

BARBANZA

Hace algún tiempo una ínclita representante de la entonces llamada Consellería de Pesca, rama técnica, división qué-lista-soy, sección voraz lameculos, arengaba a unas mariscadoras diciéndoles cuánto habían progresado en tan poco tiempo, qué ojos azules tenían y cómo estaban de guapas. Eso sí, mérito de la susodicha y sus abnegados amanuenses. Vamos, resumía con amplia sonrisa, eran ejemplo para el mundo. Para atestiguarlo, se reafirmaba, ahí estaban las visitas de comisiones cubanas, chilenas y de otros países punteros que venían a copiar su modelo de organización, cuales japoneses ante la catedral de Santiago. Eran, según ella, el referente del marisqueo global.

Alguien osó terciar para, con un sencillo ejemplo, demostrar que comparativamente habían empeorado. Pero además, auguró que su empeño en alejarse del mercado saltándose las más elementales normas comerciales, apartándose de una gestión responsable y racional de los recursos, que todos los gallegos les habían confiado, y la propia indefinición de la Administración les llevaría a situaciones difíciles ¡Y por poco es lo último que dice! Roja de rabia, con ojos inyectados de sangre y las venas del cuello a punto de explotar, la oficiante sentenció, para regocijo del auditorio, que el bello arte del marisqueo estaba fuera de toda ley humana, por ser de inspiración divina. Y el comercio derivado, por tanto, era ajeno a cualquier comparación y, mucho menos, planificación al uso. Estaría a salvo del vaivén del mercado por la gracia de Dios. Amén. Algunas de las personas allí congregadas aplaudieron hasta con las orejas y sacaron a la interfecta a hombros, camino de una discoteca. A beber y a bailar a cuenta de Juan Pandero.

El marisqueo siguió su camino, que discurría por un mundo paralelo al real, convencidas muchas de las personas de ese colectivo que eran el pueblo elegido. Desafiando las normas escritas y las no escritas, los manuales, los protocolos. En resumen, los fundamentos de cualquier actividad económica. Sin un marco jurídico claro, sin una estructura definida y sin organización, más allá de la mínima expresión, se movieron a merced del viento. Con total incapacidad para orientar o modificar su trayectoria. Se acentuaron los problemas endémicos. Con el nulo control del abastecimiento de semilla se abonaron a los designios de la madre naturaleza. Y aparecieron otros nuevos: la introducción de nuevas especies de dudosa rentabilidad y la caída en picado de las producciones tradicionales. Se pusieron por venda la gran escalada de precios del loco mundo de 1995 al 2007.

Pero la burbuja estalló en el 2008 y los ciudadanos empezaron a acomodarse a sus posibilidades reales, en un país con millones de mileuristas. Y, ¡oh sorpresa!, nos damos de bruces con sensibles bajadas de precios que enseñan la vergüenza de míseras producciones para los recursos explotados, la nula capacidad de maniobra y una Administración perdida en la demagogia y sin plan B. Por tanto una situación difícil de ventilar a corto o medio plazo. Mucho más teniendo en cuenta la escasa valentía que a día de hoy se observa en los gestores públicos.

El referente no era si no el ombligo del desastre, porque de tanto mirar la barca nadie se percató de que estaba en secano. Por eso una servidora cree que en este país hay otros desafíos sin resolver que sumados reportarían más beneficios que la fusión de Caixa Galicia y Caixanova. Lástima que requieran más trabajo y menos poder.