Mapas de amor en Artes

BARBANZA

Los heliograbados de Vicent Van Gogh expuestos en el museo del grabado ribeirense revelan por qué amaba tan intensamente todo lo que caía delante de su mirada

01 sep 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

En Ámsterdam contemplé por vez primera la obra de Vincent Van Gogh (1853-1890). Entonces no podía imaginar que 30 años después repetiría aquella liturgia en el Museo do Gravado de Artes, donde hasta ayer han estado colgados 41 heliograbados que llevan su firma, entre los que figuraban alguna de las más conocidas piezas del pintor holandés. Entre otras, la de su austera habitación en Arlés; Doctor Gachet, el médico que lo atendió y cuidó en un psiquiátrico; Las botas o zuecos, que dieron origen a uno de los ensayos más vigorosos de Heidegger sobre el origen de la obra de arte, o Los girasoles y algunos reconocidos autorretratos.

De la mano de los encendidos colores de William Blake y los tormentosos paisajes de Turner se acercó uno al arte, que me cautivó para siempre a través de este holandés que en su época solo contó con la compresión de su hermano Theo y que, me parece, nunca vendió un cuadro en vida. Los heliograbados expuestos en Artes para celebrar el 156 aniversario de su nacimiento, tal vez el acontecimiento pictórico de mayor calado que ha conocido la comarca, se encuadran en la última etapa artística de un hombre que se inició en la pintura a los 27 años y solo ejerció el oficio ocho.

Todo está dicho sobre Van Gogh. Tanto se ha escrito sobre él que uno siente vergüenza de este pequeño homenaje. Y, en especial, porque todos sus cuadros invitan al silencio. En la soledad de la sala me pregunté: ¿cómo llegó a ser el pintor más famoso del mundo? El mito, los filmes que se rodaron sobre su vida, los precios desorbitados de algunas de sus pinturas, su llamado martirio, sus brillantes colores. Todo ello amplificó el atractivo general de su obra, pero nunca estuvo en su origen. Para él el acto de dibujar o pintar era una forma de revelar y demostrar por qué amaba tan intensamente aquello que estaba mirando, todo lo que pasaba ante sus ojos.

Existencia

Al contrario que otros grandes de Europa, que se apoyaban en la autoridad de unas ideologías pictóricas, Vincent, en cuanto aparcó su primera vocación de predicador, abandonó toda ideología y abrazó el mástil de la existencia. Empuñó el mal de su singularidad para hacer el bien, afrontó el dolor de existir y lo convirtió en obra, una obra en la que nunca buscó colorear lo cotidiano con la pátina de lo trascendente. La silla es una silla, no un trono. Las botas están gastadas de andar; los girasoles son plantas, no constelaciones. El cartero reparte las cartas y los lirios se morirán...

De su nuda vida, locura o ingenuidad para sus contemporáneos, brotaba su capacidad para amar súbitamente lo que veía delante. Agarraba entonces los lápices o los pinceles y se esforzaba en colmar ese amor. Un amante pintor que afirma la tosquedad de una ternura cotidiana con la que todos soñamos en nuestros mejores momentos y reconocemos de modo instantáneo cuando la vemos enmarcada... Los heliograbados parecen mapas de su gran amor hacia la mudez de todo lo existente.