Tras más de medio siglo de uso privado, el islote ribeirense es uno de los grandes reclamos turísticos de Galicia. El año pasado recibió a seis mil visitantes
19 jul 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Es escenario de un sinfín de leyendas e historias, buena parte de las cuales transmitidas a sus descendientes por los sesenta colonos que en el pasado vivían y trabajaban en la isla. Pero ese pasado mítico al que históricamente se vinculó Sálvora ha dado paso a un presente más acorde con los tiempos que corren, que ha llevado a este trozo de tierra situado en la desembocadura de la ría arousana a convertirse en reclamo turístico. Fue a finales del 2007, cuando el Ministerio de Medio Ambiente logró hacerse con la titularidad del islote, cuando se materializó el sueño de los barbanzanos: convertir el privilegio de unos pocos en derecho de todos.
Abrir esta isla al público era una vieja reivindicación del pueblo ribeirense, pero el proceso para lograrlo no fue nada fácil. Las primeras informaciones que saltaron a la luz sobre las intenciones de su propietario, Francisco de Borja Zuleta de Reales, marqués de Revilla, de deshacerse de Sálvora se remontan al año 2003. Por aquel entonces, un grupo de inversores se mostraron interesados por hacerse con el promontorio.
El hecho de que el Gobierno central no aprovechara la ocasión para mover ficha y participar en el tanteo, fue decisivo. Colectivos ecologistas e instituciones, entre ellas el Concello de Ribeira, empezaron a ejercer presión desde varios frentes y la segunda vez que el Ejecutivo estatal tuvo la oportunidad no la dejó escapar. Fue Caixa Galicia quien se la sirvió en bandeja de plata, al adquirir, en marzo del 2004, el islote en el marco de un ambicioso plan que tenía como finalidad comprar espacios naturales de especial relieve para desarrollar en ellos proyectos de carácter medioambiental.
Retracto
Aunque en un primer momento todo hacía indicar que no habría vuelta atrás, puesto que la entidad financiera descartaba dedicar la isla a fines económicos, el Gobierno central cambió de estrategia y ejerció el derecho de retracto, pagando 8,5 millones de euros por la adquisición de Sálvora, que en octubre del 2007 pasó a formar parte del parque nacional Illas Atlánticas. Abrir el paradisíaco territorio al público fue el primer objetivo que se marcó el Ministerio de Medio Ambiente.
Y tanto fue el interés que despertó la isla que en su primer año como pública alcanzó la cifra de seis mil visitantes. Ante estos datos, el balance que hace el director del parque nacional, José Antonio Fernández Bouzas, no puede ser más positivo: «Sálvora é unha gran descoñecida, e a xente que a visita ten a oportunidade de acceder a todo tipo de datos sobre a súa historia e sobre a súa riqueza paisaxística e faunística».
Además de convertir el islote en un icono turístico de Barbanza, su apertura al público permitió la consolidación de empresas dedicadas a la realización de rutas náuticas. De hecho, a día de hoy hay una decena de firmas que, desde el norte y el sur de la ría arousana, ofrecen la posibilidad de acceder al promontorio. Una vez allí, el abanico de posibilidades es amplio, pero a nivel individual solo es posible recorrer la senda que lleva al faro y gozar de un baño en las aguas cristalinas que rodean a Sálvora. Para visitar la vieja aldea es necesario recurrir a personal especializado: «Ao longo de todo o ano hai un servizo de guías, formados expresamente para traballar nesa zona», apunta Fernández Bouzas.
También son muchas las personas que se decantan por practicar submarinismo en el entorno del islote: «O buceo está a funcionar moi ben en Sálvora e hai varias empresas que organizan inmersións en diferentes épocas do ano. Neste sentido, a illa tamén era unha gran descoñecida, pese a ter uns fondos mariños impresionantes, con algas de tipo coralino», explicó el director del parque.
Atraídas por la tranquilidad y el ambiente solitario que se sigue respirando en Sálvora, son muchas las personas que, a bordo de veleros y embarcaciones particulares, ponen proa a la isrena que preside el promontorio, con el fin de dejarse envolver por antiguas leyendas que la imposibilidad de recorrer el paraje fue engrandeciendo.
Para muchos barbanzanos sigue siendo un paraíso desconocido, pero ya no pueden atribuírselo a su privatización, puesto que su faro guía ahora a todo aquel que desee hacer una parada en su embarcadero.